E. Cioran - Artículos Filosofía


La frase es impactante y levanta de manera simultánea varias cuestiones: la necesidad de ayudar a los castigados, la posibilidad de que éstos no estén en lo cierto y el convencimiento de que martirizados y verdugos son en realidad iguales, por porque en cualquier momento, el oprimido puede convertirse en ejecutor.

La primera parte de la afirmación contiene tintes religiosos y, de hecho, si desempolvamos la Biblia y corremos las páginas hasta los Salmos, leemos una oda al Señor que atiende “a los deseos de los humildes” y hace “justicia al huérfano y al oprimido”. Más adelante, Jesús nos anima a seguir el ejemplo del buen samaritano que al cruzarse con un hombre malherido, “se compadeció de él, se acercó y, derramando en las heridas aceite y vino, se las vendó… y cuidó de él”. Es probable que Cioran, hijo de pope de la Iglesia ortodoxa, ya estuviera familiarizado con éstas u otras parábolas semejantes; sin embargo, su rechazo a la religión fue reiterado como lo demuestra, por ejemplo, la pequeña oración compuesta por él: “Señor, concédeme la facultad de no rezar jamás, líbrame de la insania de toda adoración, aleja de mí esta tentación de Amor que me entregaría para siempre a vos”.
Dado que hablamos de la palabra de Dios o de ejecutores y castigados, ¿no nos viene a la mente el conflicto israelí-palestino? Conocemos la historia: una tierra, patria de los judíos según los textos sagrados, que sufrieron la diáspora y volvieron en 1948 para fundar un Estado, en un lugar poblado por los palestinos. Para gran parte de la opinión pública europea (y la árabe, claro) resulta evidente que los palestinos son los damnificados, a los que, si seguimos las indicaciones de Cioran, habría que apoyar.
Este capítulo de la actualidad destapa otro de los temas señalados en la cita, a saber, ser víctima no significa tener razón ni tampoco implica ser moralmente superior; por ejemplo, podríamos preguntarnos si la condición de discriminación sufrida por los palestinos justifica las acciones terroristas de algunas facciones y, dando un paso más en nuestra reflexión, caemos en una hipótesis devastadora: si tuvieran los medios y la posibilidad ¿no actuarían los habitantes de Gaza y Cisjordania igual que sus avasalladores actuales? Esta posibilidad iría en el sentido de lo expuesto por Cioran cuando afirma que los encadenados “están hechos del mismo barro que sus opresores”. Si no hay diferencia esencial entre unos y otros, si el “malo” puede convertirse en “bueno” –y a la inversa- en cualquier momento, significa que no hay bondad en el hombre, todo se reduce a una lucha de poder en la que una de las partes busca siempre una posición de superioridad.
En este ambiente cargado de pesimismo resuenan los pasos de Thomas Hobbes (1588-1679), que parece acercarse a nosotros repitiendo una y otra vez: “todo hombre es enemigo de todo hombre” porque si dos seres “cualesquiera desean la misma cosa, que, sin embargo, no pueden ambos gozar, devienen enemigos” . La paz sólo llega mediante “el temor a la muerte o el deseo de aquellas cosas que son necesarias para la vida confortable" y, para mantenerla, se antoja imprescindible un poder coercitivo que “obligue igualitariamente a los hombres al cumplimiento de sus pactos, por el terror a algún castigo mayor que el beneficio que esperan de la ruptura de su pacto”. Sin embargo, vano es este intento de concordia, podría replicar el pensador rumano, tan vano como nuestra presencia misma en la tierra, ya que “permitiendo al hombre, la naturaleza ha cometido mucho más que un error de cálculo: un atentado contra ella misma”. Fernando Savater, autor de Ensayo sobre Cioran, no se extraña de semejantes propósitos al asegurar que nuestro filósofo “no quiere ayudar al Hombre, esa presuntuosa y detestable abstracción”, pero tampoco “se erige en juez de los suyos desde una posición de fuerza”, más bien, su tarea consiste en “apresurar la caída de lo que está cayendo”.
Recapitulando, ni la religión ni nuestra esencia nos inclinan hacia el prójimo. Sin embargo –siempre siguiendo el hilo de pensamiento de Cioran- subsiste el imperativo de “ponerse del lado de los oprimidos en cualquier circunstancia”. Apartándonos de Hobbes, ahora nos llega a los oídos la voz de un pensador de gran conciencia social que anima a la explotada clase trabajadora a no renunciar “a la resistencia contra los abusos de capital”, ni tampoco a los esfuerzos para obtener cualquier “mejoría a su situación”. Karl Marx (1818-1883) quería de esta manera evitar que el proletariado se convirtiera en una “masa informe, aplastada”, formada por “seres famélicos para los cuales no habrá salvación posible”. Sólo cuando los medios de producción sean colectivos, proclamaba el pensador germano, desaparecerán la lucha de clases y las diferencias atávicas entre los hombres.
Cioran, en la retaguardia, apoya a las huestes obreras, se opone a la “sociedad de la opulencia” y asevera que “desear la subversión del orden social es atravesar una crisis marcada más o menos por temas comunistas”, siendo el comunismo “el heredero de los sistemas utópicos”. No obstante, conocemos de qué manera se desarrolló la historia: la dictadura del proletariado, etapa preliminar a la instauración del socialismo, no pasó de ser… una dictadura, con su cohorte de abusos, como ocurrió en los regímenes comunistas del Viejo Continente. Quizás este panorama motivó las palabras de nuestro autor cuando afirma que “en Europa, la felicidad acaba en Viena. Más allá, maldición sobre maldición”.
Con semejantes palabras, poco espacio le queda a la ilusión, porque si la transformación salvadora no es posible y debemos, por lo tanto, resignarnos a vivir en un mundo de opresores y explotados, ¿qué cabe esperar?
La misma frase del enunciado parece indicarnos una salida: “uno debe ponerse del lado de los oprimidos en cualquier circunstancia”. Una justicia es por lo tanto posible: ayudar al prójimo. Desde fuera, nosotros vemos una ética cercana al cristianismo o la moral de Schopenhauer –uno de los autores que inspiraron a Cioran-, necesaria para evitar la disgregación social y las guerras intestinas descritas por Hobbes. El autor rumano, por su parte desbarataría nuestro intento de sistematizar sus ideas, no en balde, escogió el aforismo como forma concisa y provocadora de pensamiento. Por ello, probablemente concluiría nuestro argumento afirmando que hay que hacer justicia sin más y no perder el tiempo intentando averiguar “el sentido de todo lo que es, de todo lo que ocurre”, sino, al igual que las “personas serias”, emplear nuestra energía “a tareas más útiles”.
En otras palabras: la máquina apisonadora de la Historia (o del hombre) no puede anular la justicia, que es aquí y ahora y que nos impele a ayudar a los desprotegidos. La luz y la sombra del pensamiento de Cioran se manifiestan en esta frase al mezclar la negrura humana con la sencilla solidaridad. 

QUIÉN ES:
Emil Cioran nació en 1911 en Rumania en Rasinari, un pueblo de Transilvania. Estudiante precoz, con 17 años se inscribió a la Universidad de Bucarest para estudiar filosofía. Por aquel entonces, sus pensadores de cabecera eran Kant, Schopenhauer, Nietzsche y sobre todo Bergson, que después rechazaría por considerar que no lograba entender la tragedia de la vida. En 1933 continuó su formación en Berlín y con 22 años vio publicada su primera obra En las cimas de la desesperación. De vuelta a Rumania, dos años después, fue profesor de filosofía de instituto. En 1937, se exilió en Francia, donde continuó su labor escritura. Algunas de sus obras más famosas son El libro de las quimeras (1936), De lágrimas y de santos (1937), El ocaso del pensamiento (1940) y Breviario de los vencidos (escrito durante la ocupación nazi de París); Breviario de podredumbre (1949) fue su primer texto escrito en francés al que seguirán otros ensayos hasta 1991, año de publicación de su último libro, El ocaso del pensamiento (1991). Insomne crónico, solitario empedernido y obsesionado con el suicidio, Cioran era, sin embargo, un hombre afable. Enfermo de Alzheimer, murió en París en 1995. 

SU PENSAMIENTO: explosión de contradicciones 
“Sé que mi nacimiento es una casualidad, un accidente ridículo y, sin embargo, en cuanto me olvido de mí mismo, me comporto como si mi nacimiento fuera un acontecimiento… indispensable para el equilibrio del mundo”.
Estas palabras marcan el tono de este filósofo, moralista y escritor, que Fernando Savater define como “un budista occidentalizado… el pesimista que monta guardia en una Europa beatificada por la autocomplacencia”. Su pensamiento se tiñe, según el caso, de nihilismo, con toques existencialistas y notas estoicas para hablarnos de Dios, del mundo o del yo; un “yo”, definido en gran parte por el insomnio “esa catástrofe a la que debo todo y que ha marcado tan profundamente mi juventud” y que le lleva a exclamar: “Tenía veinte años. Todo me pesaba. Un día me dejé caer en el sofá exclamando ‘ya no puedo más’”. Posteriormente, ya adulto, encuentra algo de consuelo en el budismo que le habla del “abismo del nacimiento”. Pero nada le impide sentir el “permanente acecho” de la muerte, asegurando que “es algo que no impide vivir, pero que da un tono distinto a la vida”.
Pasado nazi 
Cioran tiene 22 años, se encuentra en Berlín y sueña con un cambio radical en su vida, en su tierra y en la metafísica. La retórica incendiaria de Hitler le cautiva, llevándole a escribir, en un periódico rumano que “ningún hombre político en el mundo actual me inspira más simpatía y admiración”. De vuelta a su país, apoyó a las siniestras Guardias de Hierro y no faltaron las declaraciones antisemitas en sus escritos. Más tarde, en 1950, ya asentado en Francia, Cioran renegará de su pasado agitado declarando que en aquella época “Europa entera creía en la juventud. Eran los jóvenes que promovían las doctrinas de la intolerancia y las llevaban a la práctica, son ellos los que necesitan sangre, gritos, tumulto y barbarie”. En cuanto a su aversión por los judíos, en una entrevista en el diario Le Figaro el filósofo francés Alain Finkielkraut relativiza el asunto atribuyéndolo a la “megalomanía de un ciudadano de una nación pequeña”; añade además que, a diferencia de lo que muchos predicaban en aquella época, Cioran “no atribuyó el desastre rumano a los judíos”, asegurando que “no cedió a la paranoia”.

Bibliografía 
Emil Cioran, Del inconveniente de haber nacido, Taurus, España 1981
Fernando Savater, Ensayo sobre Cioran, colección Austral, Madrid, 1992

DESPIECE:
EL LIBRO : Emil Cioran – Del inconveniente de haber nacido (1973). 
Bajo forma de fragmentos, Cioran enuncia verdades despiadadas relacionadas con la desdichada condición del hombre: absurdo, falta de sentido, muerte… Las quejas enunciadas en la obra pueden parecer huecas, sin embargo, es difícil no dejarse atrapar por la belleza de un estilo conciso y rotundo. A través de su ironía y cinismo, el ensayista transilvano nos coloca al borde de la existencia para sacudir el pensamiento y las ideas anquilosadas. Comentando su obra, Philippe Sollers, escritor francés contemporáneo, asegura que “no hay nada más tonificante que diez minutos de desesperación y de veneno nihilista”. Sin embargo, aconseja consumir Cioran “en pequeñas dosis. Dos o tres fragmentos” a la vez, son más que suficientes. 

 
LOS FILÓSOFOS QUE LE MARCARON 
Acompañamiento en la sombra: dos grandes influencias para Emil Cioran
Arthur Schopenhauer (1788-1860)
“Desear la inmortalidad es desear la perpetuación eterna de una falta mayúscula”. Estas palabras, extraídas de El mundo como voluntad y representación, bien podrían pertenecer a Cioran y, de hecho, Schopenhauer (1788-1860) fue una de sus influencias.
Para el filósofo germano, el mundo sensible es una ilusión (maya), que oculta una realidad única e impersonal, que Buda llama vacío y Schopenhauer, voluntad. De ahí el pesimismo que éste siente frente a una vida que es pura ilusión y vacuidad. La solución consiste en repudiar el mundo, alejándonos ante todo de nuestros deseos, que mantienen la esperanza vana de alcanzar algo que en realidad no existe. En los escritos de Cioran, sentimos los ecos de este vacío… 
Pero no todo es desesperanza. Schopenhauer construye una moral que se aproxima al credo budista y cristiano: nuestros cuerpos son apenas una manifestación fenoménica de la unidad de la cosa-en-sí, somos individuos que nos distinguimos en nuestra mera apariencia, no en la esencia. En el fondo, todos somos uno. Esto abre la posibilidad de identificarse con el otro, de sentir compasión y amor, en el sentido más amplio. La cita de Emil Cioran, ¿no va en este sentido? 

Friedrich Nietzsche (1844-1900) 
Nietzsche fue otro de los pensadores que hicieron mella en Cioran. A través de sus aforismos el filólogo alemán expone un pensamiento rompedor que tiene como principal objetivo derribar a los viejos ídolos para crear nuevos valores más vitales. Nietzsche repite una y otra vez la necesidad de acabar con los moralistas como Sócrates o Jesús, que afirman que la “la vida no vale nada” y quieren imponer la justicia pusilánime de los débiles. A los “inmorales, por el contrario… nos cuesta negar, anhelamos decir sí”. Cioran se sintió atraído por el verbo del alemán, auque después, le reprochó “sus entusiasmos excesivos” que le llevaron a demoler “a los ídolos, pero sólo para remplazarlos por otros”. Del mismo modo, afirma que “observó a los hombres de lejos. Si los hubiese visto de cerca, jamás habría podido preconizar el superhombre”. Y, para rematar el tema, considera que su visión del mundo no podía surgir más que de alguien “que no ha tenido el tiempo de envejecer, de conocer el desapego, el largo y sereno hastío”. ¿Quién resulta más demoledor?

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