Epicuro - Artículos Filosofía



Texto de filosofía sobre EPICURO
 
 
Publicado en la revista Filosofía Hoy
Escrito en mayo 2011
 
 
La cita:
“El vulgo unas veces huye de la muerte como el mayor de los males, otras la prefiere como el término de los males del vivir”. Epicuro, Carta a Meneceo
 
 
El once de enero pasado, en Francia, un hombre de 62 años mató a su madre, a su mujer y a su hija y se suicidó. Una nota explicaba el motivo de su acto: no podía enfrentarse a un endeudamiento desmesurado. El lamentable caso engrosa la lista de créditos impagados, que desde 2009, no cesan de aumentar, también en nuestro país. A la vez, nos trae a la cabeza las palabras fatídicas que nos persiguen en los últimos tiempos: deuda, banco, crisis, paro, protestas, corrupción…
 
Si Epicuro se paseara por nuestras ciudades intentaría quizás poner un poco de orden en nuestras vidas, calmar las mentes ajetreadas, que nos llevan a situaciones incontrolables. Por ello, es muy probable que montaría un puesto en la calle para distribuir a los transeúntes su poderoso "tetrapharmakos", el cuádruple remedio que consiste en no temer a los dioses, perderle el miedo a la muerte y, a la vez, asegurarnos de que podemos superar el dolor y alcanzar la felicidad.
 
En efecto, y ante todo, “el más terrorífico de los males, la muerte, no es nada en relación a nosotros, porque, cuando nosotros somos, la muerte no está presente, y cuando la muerte está presente, nosotros no somos más”.[1] Llegado el caso, el suicido, proveniente de aquel que “afirma querer franquear cuanto antes las puertas del Hades” es para Epicuro una salida posible, “pues si está convencido de lo que dice, ¿cómo es que no abandona la vida?”[2]
 
No obstante, mucho más fácil es “no estropear el presente deseando lo que está ausente” y contentarse con menos. Por ello, a los banqueros que no quieren renunciar a sus privilegios, a los políticos que se corrompen para renovar su guardarropa o la miss de turno capaz de vender el alma, o mejor dicho, el cuerpo, al diablo, con tal de regalarse unos minutos de fama, Epicuro les reforzaría el mencionado medicamento con un consejo: ceñirse a los deseos naturales y necesarios, los que “disuelven las aflicciones, como el de la bebida cuando hay sed”, y dejar de lado aquellos  que persiguen “las coronas y erección de estatuas”, tal y como resume Diógenes Laercio[3].
 
No se trata de desistir del placer, “reconocido por nosotros como el bien primitivo y conforme a nuestra naturaleza”,[4] sino de temperarlo y, sobre todo, no confundirlo con la lascivia. Porque ciertamente, hay casos rebeldes, mandatarios capaces de poner su ingenio, su fortuna y su poder al servicio de los deleites carnales, y todos sabemos a quién nos referimos. Prácticamente a diario, en Italia, se ven en la televisión, en los periódicos o en los juzgados relatos sobre las bacanales que Silvio Berlusconi celebra en su vasta finca privada o en el palacio presidencial y que distan mucho de la sobriedad practicada por los habitantes del Jardín.
 
Desde luego, la búsqueda de la sencillez supone un reto. Como afirmaba Nietzsche, que flirteó durante un tiempo con el epicureismo, “un género de vida sencillo es una cosa difícil de conseguir, requiere mucha más reflexión y creatividad de lo que incluso las personas inteligentes poseen”. Pero Epicuro considera que la “razón vigilante”, nos permite en cada caso saber “lo que debemos escoger o evitar, y rechazar las opiniones vanas que provocan turbación en el alma”.[5]
 
Ceñirnos a lo necesario y dejar de lado lo superfluo quitaría mucho ruido al engranaje económico. Esta es seguramente la razón por la cual el sabio griego comulgaría con Edgar Morin, el reconocido sociólogo y filósofo francés que promueve una humanización de la economía, con vistas a conseguir “el bien vivir y no sólo el bienestar”.[6] En el prefacio del número especial de la revista Alternatives Économiques, Morin abunda en el tema, al explicar que el  mismo mundo occidental que se ha aferrado a la idea del desarrollo como panacea, ha creado a la vez “carencias humanas, psíquicas y éticas”. Para remediar estos males, es preciso introducir en la esfera de los negocios nociones como la ética de empresa o el comercio justo. En paralelo, a nivel individual, es menester oponerse a las “intoxicaciones consumistas”; privilegiar lo duradero, frente a lo desechable; los productos de temporada, frente a los costosos géneros exóticos.
 
Aunque parezcan pasos pequeños, en realidad, Morin apuesta por un “cambio de rumbo de la civilización” para “tomar conciencia, de nuevo, de que el amor es más importante que el dinero y hallar la parte de gratuidad y de responsabilidad que permiten la realización de las relaciones humanas”.[7]
 
Un trozo de pan
El amor, una palabra con dulce eco para nuestro filósofo, o mejor, la amistad -noción cardinal en el orden epicúreo- que no busca la fusión con el otro, sino la alteridad entre personas cercanas que quieren ayudarse sin más. De ahí que Epicuro estaría encantado con el grupo de Peter, el protagonista de la película de Kenneth Branagh, cuando reúne a sus seres queridos, los agasaja con risas y comidas, para anunciarles, al final, que en breve morirá por causa de una enfermedad. Nada ni nadie le hubiera podido librar de la muerte, pero “aun en medio de la cortedad de bienes, se ha de tener por cierto que la amistad da seguridad”, resume Diógenes Laercio.
 
Probablemente sin saberlo, Peter se estaba adentrando en el Jardín de Epicuro. Ahí se encontraría con muchos otros que han seguido sus pasos. Por ejemplo, Cándido, el héroe de Voltaire, que cansado de ver tanta desgracia concluyó que lo primordial era “cultivar nuestro jardín”. O Michel de Montaigne, que de la aridez estoica se pasó a la amabilidad epicúrea dispuesto a vivir una vida “más profunda y más plena”, y encarar la muerte con mayor sosiego. Marx también se paseó por el lugar, seducido por el materialismo del sabio griego que relegó a los dioses a universos lejanos. Nietzsche, cantaba en La Gaya Ciencia el  “orgullo de sentir el carácter de Epicuro quizá con más intensidad que nadie”. Y así, también nosotros podemos unirnos a estos dichosos comensales que buscan el frescor y la calidez de la amistad, la viveza de la plática tranquila, mientras disfrutamos con el banquete epicúreo: un trozo de pan, un poco de vino y la buena compañía.
 
 
ADEMÁS:
Líneas de pensamiento
Cuando Epicuro funda su escuela en Atenas (306 a.C.), el pensamiento filosófico estaba aún dominado por las dos grandes doctrinas surgidas de la enseñanza de Sócrates (470-399 a.C.): el platonismo (Platón: 427-347 a.C.) y el aristotelismo (Aristóteles: 384-322 a.C.).
 
El epicureísmo se enmarca dentro de la época del helenismo, que se suele situar entre la muerte de Alejandro Magno (323 a.C) hasta la caída de la República Romana (31 a.C.)
 
Durante este periodo las escuelas proliferan, los hombres respetables se adscriben a una u otra tendencia. Desde el punto de vista filosófico, se abandonan las aspiraciones científicas universales preconizadas por Aristóteles, a favor de una especialización en las cuestiones en gran medida éticas. El cinismo, fundado por Diógenes (404-323 a.C.) o el estoicismo, inaugurado por Zenón de Citio (333-262 a.C.), son dos de las escuelas helenísticas más importantes. 
 
 
Las claves del éxito del epicureismo
El proyecto epicúreo es sencillo: desarrollar, a partir de una física atomista, una ética de la felicidad que nos permita librarnos de los males que nos acechan. El hombre no está en el centro del universo, pero tampoco es esclavo del destino. No hay que ocuparse de los dioses, más bien vivir entre nuestros semejantes y practicar la felicidad. Para entrar en el Jardín no eran necesarios ritos de iniciación, ni había que ser culto o poseer una formación determinada. La modernidad de la filosofía epicúrea radica –entre otras cosas- en el respeto del individuo, y en su carácter abiertono sexista.
 
 
Epicureísmo, hedonismo y ascetismo
Ya lo advertía, con toda claridad, Epicuro en la Carta a Meneceo: “Cuando decimos que el placer es el objetivo de la vida, no hablamos de los placeres voluptuosos y perturbadores, por ejemplo, el amor… como escriben personas que desconocen nuestra doctrina o que la combaten malinterpretándola”. El sabio del Jardín afirma que el placer del que habla es aquel que consiste “para el cuerpo en no sufrir, y para el alma, evitar las perturbaciones” (hay que tener en cuenta que Epicuro padeció toda su vida enfermedades dolorosas y murió de cálculos tras catorce días de agonía).
Es menester vivir con poco, porque así, “si la abundancia nos falta, sabremos conformarnos de lo poco que tendremos”. La costumbre de “una alimentación sencilla y no ya copiosa” es suficiente para estar en plena salud, “permite al hombre dedicarse con toda libertad a los deberes necesarios de la vida” y nos ayuda a “disfrutar más de las comidas copiosas cuando las hacemos tras los intervalos de vida frugal”. No se trata, pues de ascetismo, sino de moderación y prudencia. Los placeres de Epicuro son fruto de la razón, pero son placeres, con la carga de sensualidad que ello conlleva.
 
 
 
Epicuro y sus detractores
En Roma, en 173 a.C. una comisión del Senado ordenó la expulsión de las primeras sectas epicúreas, con el fin de preservar las costumbres de los ancianos y evitar la propagación entre la plebe de una doctrina hedonista. Cicerón (106-43 a.C.) fue otro de los críticos, así como los cristianos que veían con mal ojo el atomismo de Epicuro, un sistema que no negaba  formalmente la existencia de los dioses, pero sí le restaba todo sentido a la providencia divina y a la inmortalidad del alma.  En cambio, el movimiento del Jardin halló un fiel aliado en Lucrecio, poeta romano, (99- 44 a.C aproximadamente), autor de La Naturaleza, que consideraba a Epicuro “un Dios… que nos mostró la vía de la felicidad”.
 
 
Epicureísmo  vs  estoicismo
 El mundo de Epicuro, siguiendo las teorías de Demócrito, es materialista. Los átomos vagan por el universo desde siempre y para siempre. Sin embargo, para evitar el determinismo que el atomismo conllevaba en su forma original, Epicuro introduce un elemento de azar en el movimiento de las partículas, el clinamen. Esta desviación de la cadena de las causas y efectos,  permite asegurar un cierto espacio de libertad, sabiendo que “el futuro no está en nuestras manos ni tampoco por completo fuera de nuestro alcance, de modo que no debemos contar con él como si tuviera que ocurrir de manera necesaria ni tampoco nos debe coartar toda esperanza”[8]. Estamos por lo tanto lejos del fatalismo de los estoicos que propugna una aceptación de la fortuna y una limitación de nuestros deseos.
 
Academia vs  Jardín
La Academia de Platón era un establecimiento reservado para la elite, destinada a convertirse en futuros gobernadores. El Jardín de Epicuro, era un espacio vallado, que si bien parecía poco abierto al exterior, sin embargo, acogía a alumnos de ambos sexos y también a esclavos. En su interior, se practicaba la sencillez y, como dice Diocles, citado por Diógenes Laercio hablando del maestro, “un vaso de vino le bastaba, y preferentemente, bebía agua”.
 
 
El legado de Epicuro
“Epicuro escribió muchísimos libros… pues sus volúmenes son hasta trescientos, y por fuera ninguno tiene otro título que Estas son palabras de Epicuro”, cuenta Diógenes Laercio. Sin embargo, solo se conservan tres cartas, que resumen el conjunto de su doctrina (Carta a Herodoto, Carta a Pythoclès, Carta a Meneceo) y un cierto número de Máximas. De La Naturaleza, el poema de Lucrecio, seguidor romano del sabio griego, constituye el resumen más completo que ha llegado hasta nuestros días, además de lo reflejado por Diógenes Laercio, historiador que con toda probabilidad vivió en el siglo III, en su obra Vidas de los filósofos más ilustres.
 
BIBLIOGRAFÍA:
Epicuro, Obras, Clásicos del pensamiento, Madrid, 2005
LucrecioLa naturaleza, Editorial Gredos, Madrid, 2003
Diógenes Laercio, Vidas de los filósofos más ilustres, Ed. Porrua, México, 2004
 
 
DESPIECE:
Su vida
Epicuro nació en el año 341 a.C. en la isla de Samos, lugar al que su padre, Neocles, se había trasladado desde Atenas como colono. Hijo de maestro, Epicuro se interesó desde temprana edad por el estudio. Pánfilo, seguidor de Platón, fue una de sus primeras influencias, que rechazó posteriormente, al oponerse a los principales postulados platónicos: la inmortalidad del alma, la existencia de dos mundos, la superioridad del conocimiento inteligible, frente al sensible.
Hacia los 18 años marchó a Atenas para llevar a cabo el servicio militar y volvió después con su familia, que entre tanto se había mudado a Colofón; ahí permanecerá varios años antes de instalarse en otras ciudades como Mitilene, capital de la isla de Lesbos.
 
En -306 se trasladó definitivamente a Atenas, donde comprará un terreno en las afueras de la ciudad para ubicar su escuela, “El Jardín”. En este espacio, dedicado a la plática filosófica y a una frugal vida en comunidad, fue donde el filósofo murió en el año 270 a.C.
 
La obra
La Carta a Meneceo es un resumen de la doctrina ética de Epicuro, escrita para Meneceo uno de sus discípulos. En la introducción, el sabio nos asegura que la filosofía es el remedio de todos los males; solo a través de ella lograremos entender los puntos principales que deben guiar nuestra acción: no temer a los dioses, visto que vivimos en un mundo formado por átomos; por la misma razón, no debemos temer la muerte, que se resume en una simple disolución de las partículas. Tampoco hay motivo para tenerle miedo al dolor, que desaparecerá si nos atenemos a los placeres sencillos y naturales. El estado de ataraxia, la ausencia de males, será entonces el preludio a la felicidad, máxima aspiración de todo ser.
 
La Carta forma parte de los pocos textos de Epicuro que se han conservado y llega a nosotros a través de Diógenes Laercio, a través de su obra en su obra Vidas de los filósofos más ilustres. 

[1] Epicuro, Carta a Meneceo
[2] Epicuro, Ibid
[3] Diógenes Laercio, historiador que probablemente vivió en el siglo III, en su obra Vidas de los filósofos más ilustres,  recopiló gran parte de las enseñanzas de Epicuro.
[4] Epicuro, Ibid
[5] Epicuro, Ibid
[6] Edgar Morin. Entrevista para la Web del Ministerio de Asuntos Exteriores francés, 1997: “Para una política de la civilización”. http://www.diplomatie.gouv.fr/fr/france_829/label-france_5343/les-themes_5497/sciences-humaines_13695/sociologie_14465/pour-une-politique-civilisation-entretien-avec-edgar-morin-no-28-1997_37969.html
[7] Edgar Morin. Prefacio del número especial de la revista Alternatives Économiques, noviembre 2010 - http://www.alternatives-economiques.fr/un-changement-de-cap-civilisationnel_fr_art_633_51822.html
[8] Epicuro, Ibid

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