Schopenhauer - Artículos Filosofía



Texto de filosofía sobre Arthur SCHOPENHAUER
 
Publicado en la revista Filosofía Hoy
Escrito en mayo 11
 
La cita:
“Yerra mucho menos quien contempla el mundo con mirada sombría, considerándolo una especie de infierno” -  Parerga y Paralipómena
 
Sentados frente al televisor, con un refresco en la mano, asistimos a incidentes nucleares, a tifones y tsunamis. Cambiando de cadena, vemos, incluso en directo, atentados y matanzas. Hace frío; fuera la crisis arrecia y no sabemos si al día siguiente perderemos nuestro trabajo. Respiramos cantidades ingentes de pesimismo y Schopenhauer está aquí para corroborarlo: la vida no es más que un valle de lágrimas.
 
¿De dónde le vino a Schopenhauer este pesimismo?  Para saberlo, hay que sentar a nuestro lado a Kant (1724-1804). El racionalista prusiano dividió el mundo en dos mitades, el mundo de los fenómenos, conocibles por el entendimiento, y la cosa-en-sí, más allá de las categorías aplicables por la razón. El misterioso ente, también llamado noúmeno, quedaría envuelto en tinieblas a no ser que… acudamos a Schopenhauer, quien se pregunta retóricamente “qué es la cosa-en-sí?”, para contestar a renglón seguido: “la voluntad: esa ha sido nuestra respuesta”.[1]
 
De esta manera entra en el universo “una fuerza natural que…  se halla fuera de la cadena de causas y en general del dominio del principio de razón”.[2] Este elemento común forma la base de todo lo existente y se halla en todos los seres, en distintos grados, según el nivel de desarrollo de los mismos.
 
La vida es sueño
En los humanos, por ejemplo, la volición cobra mayor peso, dado que se acompaña de la inteligencia. El querer vivir se torna por lo tanto  consciente… y doloroso. En efecto, voluntad significa querer, es decir, desear. El deseo nos lleva a la dicha pasajera (se ha cumplido nuestro anhelo) y a la frustración reiterada (no poseemos lo apetecido). Así, la vida oscilará igual que un péndulo, “entre el dolor y el aburrimiento que son de hecho sus componentes últimos”.[3] Para gran desgracia nuestra, “el sujeto del querer… es el Tántalo eternamente nostálgico”, [4] en referencia al hijo de Zeus, castigado a sufrir hambre y sed aun estando rodeado de suculentos manjares.
 
Y hablando de personajes ilustres, el Quijote luchaba contra molinos de viento y nosotros, si fuésemos igual de ingenuos, o de sabios, habríamos entendido también que todo es pura ilusión. Schopenhauer lo declara al principio de su principal obra: "’El mundo es mi representación’: esta es la verdad que vale para todo ser viviente y cognoscente, aunque solo el hombre puede llevarla a la conciencia reflexiva abstracta”; por lo tanto, lo presente “solo existe para el sujeto”.[5]
 
En definitiva, lo que vemos no es el mundo en sí, sino el velo de Maya, “que envuelve los ojos de los mortales y les hace ver un mundo del que no se puede decir que sea ni que no sea: pues se asemeja al sueño”, explica nuestro autor, en sintonía con la sabiduría hindú. Sin irnos tan al este (¿del Edén?), “Platón dice a menudo que los hombres viven en un sueño y solo el filosofo se esfuerza por despertar”. Y, en un ámbito mucho más cercano a nosotros, “Calderón estuvo tan penetrado por esta idea, que intentó expresarla en un drama en cierta medida metafísico, La vida es sueño” (Schopenhauer fue un gran admirador de la literatura hispana).[6]
 
Ante este sombrío panorama, el filósofo germano lanza una advertencia a los fabricantes de ideas negras: el suicidio no es la solución. “Aquel a quien le oprimen las cargas de la vida” y “no puede soportar más la dura suerte que le ha tocado… no ha de esperar de la muerte una liberación ni puede salvarse con el suicidio”. Es más, este acto extremo sería  una “acción vana” visto que “da igual que los individuos, fenómenos de la idea, nazcan y perezcan en el tiempo como sueños efímeros”. La vida, como hecho, sigue su curso, al margen de los seres que la componen, al igual que “el Sol abrasa sin cesar el eterno mediodía”[7], aunque no hubiese nada ni nadie a quien calentar.
 
Eso eres tú
Bueno, ¡basta ya! Nos van a salir canas si seguimos leyendo tales afirmaciones. ¿Será que no hay salida en este espeso bosque? Se oye música a lo lejos… parece un aire de Rossini, (al pensador  alemán le encantaba). ¡Aleluya! Vemos el final de la espesura. Para nuestro autor el arte, sobre todo la música, nos eleva por encima del tiempo y del espacio. Más allá de nuestro personalismo llegamos, siquiera de modo pasajero, a la contemplación de las ideas, alcanzando “el estado indoloro que Epicuro celebró como el supremo bien y el estado de los dioses: pues por aquel instante nos hemos desembarazado de aquel vil afán de la voluntad”.[8]
 
Además, al desembocar en el claro escuchando, o mejor dicho, contemplando esta música celestial, descubrimos que no estamos solos. Hay hombres (y mujeres, por supuesto) alrededor que, sometidos como todos a la voluntad, han pasado por las mismas angustias. Cae entonces el velo de Maya. “La expresión directa” de este acontecimiento, cuenta Schopenhauer, “la encontramos en los Vedas, el fruto del supremo conocimiento y sabiduría humanos”; y, más en concreto, en la fórmula “tat twam asi, que significa ‘eso eres tú’”.
 
Únicamente traspasando los límites del individuo, surge la justicia y “la verdadera bondad de espíritu, la cual se manifestaba como amor puro, es decir, desinteresado, hacia los demás”.[9] Cuando en los demás “percibimos el sufrimiento humano”, asegura el sabio de Danzig, “nos sentimos llenos de compasión y el resultado de esta disposición es la bondad universal, el amor por los hombres”.[10]
 
Ojalá Schopenhauer tenga razón y, en efecto, el conocimiento profundo de la conmiseración, aplaque el ímpetu de la voluntad. Al fin y al cabo, tras una vida disoluta, San Agustín encontró la paz en la fe. El santo viene a cuento en esta historia ya que retirarse del mundo, desapegarnos de él, a modo de los ascetas cristianos o del Buda, constituye la verdadera solución.
 
La fórmula propuesta es quizá muy loable, ¿pero a cuántos de nosotros se puede aplicar? ¿No estará confundiendo el docto alemán lo que debería ser con lo que es? Él mismo ha afirmado que, al fin y al cabo, nos movemos entre tinieblas. Y si tras leer este texto encendemos de nuevo la televisión (o leemos el periódico o bajamos a la calle) el espectáculo no ha cambiado. Volvemos entonces al planteamiento inicial, adentrándonos en ese bosque del que queríamos salir.
 
Schopenhauer no tiene (y probablemente tampoco lo pretendiera) el remedio global. Ningún buen médico receta la misma dosis para cada paciente. En nuestro caso particular, un poco de aforismos schopenhauerianos vienen bien. Thomas Mann (1875-1955) afirmaba que el pensamiento de su compatriota nos libera de las falsedades e hipocresías del optimismo.[11]
 
Sabemos que este no es mundo ideal, pero, ¿quién no se ha exaltado escuchando una canción? Que levante la mano quien  no se ha emocionado por el gesto desinteresado de un amigo o, incluso, de un desconocido. En esa misma pantalla que nos muestra el horror, hemos visto a bomberos rescatando niños bajo los escombros, pescadores salvando a ocupantes de una patera sin rumbo o voluntarios ofreciendo todo tipo de ayuda tras un atentado. Son aspectos que encontramos en nuestra realidad, dependen de nosotros mismos, no de un Estado, de un Dios o de una omnipotente Voluntad. Solo de esta manera la vida puede dejar de ser un averno.
 
Si decidimos seguir la senda señalada por el autor de Parerga y Paralipómena, lo haremos con cierta gravedad, curados del entusiasmo vano y del oscurantismo absoluto; emprenderemos el camino con conocimiento de causa, no con la ligereza que caracteriza al ingenuo.
 
 
ADEMÁS:
Schopenhauer se equivoca (un poco)
Schopenhauer coloca la voluntad como eje central de su sistema, pero, ¿qué quiere decir esto realmente? ‘Voluntad’, en el sentido psicológico significa, cambio, oposición; es individual y única a cada individuo. Si en cambio, según Schopenhauer, la voluntad subyace a todo, ¿a qué se opone? Schopenhauer cae en el panteísmo, que intenta contrarrestar introduciendo la noción que quería descartar a toda costa: la razón.
 
Respecto a los fenómenos y noúmenos, surge otra pregunta: si la voluntad pertenece al mundo de la cosa-en-sí, fuera del tiempo y espacio, ¿cómo se puede manifestar en el mundo contingente de los fenómenos? Schopenhauer dice que la voluntad no es cognoscible, pero sí experimentable. Aun con esta explicación, no queda claro cómo se efectúa el salto entre estos dos mundos.
 
Otras objeciones se pueden poner a Schopenhauer (como a todo filósofo, por supuesto) y, desde luego, es muy necesario mantener el espíritu crítico. Pero, tal vez la cuestión no estribe ahí. Quizás lo interesante consiste en llevar lo que cuentan los pensadores hacia nuestro interior: ¿qué efecto nos produce al leer las palabras de Schopenhauer? Nos invade tal vez una sensación de desasosiego, un gusanillo de malestar que nos hace torcer el gesto y nos preguntamos “y ahora, ¿qué?”. Como dijo Thomas Mann, el pensador teutón “hace transparente y abarcable con la mirada la confusión caótica de la vida”.[12]
 
 
El fin de la razón
Con Schopenhauer se inicia la crítica a la identidad entre el ser y el bien que domina la filosofía occidental, desde Platón hasta Hegel. Tras tanto racionalismo, el pensador de Danzig trajo una ducha de agua fría con su pesimismo, al sostener que este no es, ni será, un mundo ideal. Desde un punto de vista filosófico, para entender cómo llegó Schopenhauer a tal conclusión, hay que remontarse a “Platón el divino” (tal y como lo calificó él mismo en su tesis doctoral) y, de manera más próxima a él en el tiempo, al “asombroso Kant”.
 
Immanuel Kant (1724-1804) concibe la realidad de una manera dualista. Por un lado, el mundo de los fenómenos que el hombre (sujeto) puede experimentar gracias a tres leyes: tiempo, espacio, causalidad. Por ejemplo, si pienso en una casa, la pienso en un espacio y tiempo determinados, no en un vacío o abstracto. Estas tres determinaciones no pertenecen al mundo, a las cosas, sino que son formas de nuestro entendimiento.
 
Los entes que escapan a estos tres conceptos (por ejemplo, Dios, que al ser eterno no tiene causa, o la libertad, que por naturaleza rompe la causalidad), quedan fuera de nuestro campo de percepción y, sobre todo, de comprensión; forman la cosa-en-sí o el noúmeno, del que nada podemos decir. Schopenhauer pondrá nombre a este ente: la voluntad. Thomas Mann [13], asegura que al hacer tal afirmación, el ilustre profesor “realizó algo muy audaz, algo casi ilícito” ya que osó definir “la cosa-en-sí, le dio nombre, aseveró saber lo que era”. 
 
Lo que pensaban de él
Giovanni Papini (1881-1956), escritor y ensayista italiano, sostiene que  “la filosofía de Schopenhauer es la expresión directa y fiel de su temperamento de anciano tranquilo y prudente, escéptico y práctico”.[14] Sin embargo, admite que supo imponer “de una manera definitiva al pensamiento moderno la primacía del sentimiento, del instinto, de la voluntad, en oposición a la idea pura y a la razón razonante”.[15] “Ha despertado a la humanidad del letargo optimista”.
Por su parte, Menéndez y Pelayo (1856-1912), disciplinado lector de Schopenhauer, consideraba éste como “uno de los guías más inseguros y peligrosos que pueden escogerse”, lo cual no le impide afirmar que. Ortega y Gasset (1883-1955), en cambio, resalta el aspecto irónico de “ese gigante hecho de arrugas y con ácido en las venas”.[16]
 
Estilo y claridad
Schopenhauer se rebela contra el estilo enrevesado de sus contemporáneos, y muchos autores alaban y aprecian esta calidad.
 
Andrés Sánchez Pascual en su introducción a Parábolas, Aforismo y comparaciones [17], declara que el autor alemán “sabe decir lo profundo con sencillez, lo conmovedor sin retórica y lo rigurosamente científico sin pedantería”. Para el político y erudito Menéndez y Pelayo (1856-1912), nos encontramos ante “un escritor ingeniosísimo, brillante y ameno, de una nitidez rara vez vista en autores alemanes, y al mismo tiempo sugestivo como pocos, riquísimo en detalles de alto precio”. Destaca a la vez su “humorismo excéntrico y singular poder en la invectiva”.
 
Por último, habla el interesado, quien exponía, ya en su tesis doctoral una declaración de principios: “En general, el filósofo digno de tal nombre, debe buscar y procurar en todos sus escritos estas dos cualidades mencionadas: claridad y precisión, y esforzarse siempre en parecerse, no a un revuelto e impetuoso torrente, sino más bien a un lago de Suiza, que por su sosiego aparece más claro cuanto más profundo, dejando ver su fondo desde el primer momento”.[18]
 
 
Schopenhauer y las musas
Incomprendido en su tiempo, pero comprendido por muchos artistas, Schopenhauer fue –por decirlo poéticamente- la musa de numeroso creadores. Los grandes Tolstoi, Chéjov, o en la vertiente inglesa, el poeta T.S. Eliot o el dramaturgo Bernard Shaw, comparten en mayor o menor grado el fatalismo de Schopenhauer.
 
De igual modo, los novelistas franceses Emile Zola o Marcel Proust admiten su influencia. Entre los autores hispánicos Jorge Luis Borges confesaba: “pocas cosas me han ocurrido más dignas de memoria que el pensamiento de Schopenhauer y la música verbal de Inglaterra”.
 
Nietzsche, filólogo de formación, se inició a la filosofía leyendo El Mundo como voluntad y representación; Freud admite que su análisis de la represión nace en gran medida de las teorías de Schopenhauer, un autor igualmente citado por Carl Gustav Jung.
 
 
Schopenhauer inspira a Nietzsche
Friedrich Nietzsche(1844-1900) estudió filología clásica y no filosofía. Se convirtió en filósofo, según él mismo dice, tras la lectura de Schopenhauer. Coincide con la visión del mundo de este pensador, en tres puntos: por una lado, en la inexistencia de Dios; por otro, en la inexistencia del alma; y, en tercer lugar, en la falta de sentido de la vida, caracterizada por el sufrimiento y la lucha impulsada por una fuerza irracional llamada voluntad.
Sin embargo, en contraste con su compatriota, Nietzsche no ve la realidad cortada en dos: el fenómeno y la cosa-en-sí. Considera en cambio que solo hay un mundo y no debemos rechazarlo, sino abrazarlo para vivir la vida con plenitud. En Nietzsche, la voluntad de vivir se transformará en voluntad de poder.
 
Hegel-Schopenhauer: enemigos y vecinos
Georg Wilhelm Friedrich Hegel (1770-1831), máximo representante del idealismo, creía en la naturaleza espiritual de toda realidad. Schopenhauer, por contra, se oponía con dureza a la corriente idealista; estima que “en Hegel y sus secuaces ha llegado al superlativo la impertinencia de escribir tonterías”, queriendo “imponerse en lugar de convencer”.
 
Giovanni Papini (1881 - 1956) sostiene, en El ocaso de los filósofos, que, en gran medida, el pensamiento de Schopenhauer surge de los celos. “Quería construir una metafísica original”, escribe Papini, “y no quería, por envidia, valerse del racionalismo”; a falta de algo mejor, optó entonces, por “el otro elemento de la vida espiritual… lo colocó sobre el altar y lo convirtió en la Wille, señora de las cosas y de los hombres”.
 
Otras voces apuntan a una versión mucho más sencilla: ambos profesores enseñaban en la Universidad de Berlín; las clases del odiado Hegel se llenaban, mientras que las de su colega permanecían vacías.
 
Bibliografía
ü      Arthur Schopenhauer, El mundo como voluntad y representación, traducción y comentarios de Pilar López de Santa María, Ed. Trotta, Madrid, 2003-2004
ü      Arthur Schopenhauer, Parerga y Paralipómena, Ed. Tecnos,  Madrid, 1994
ü      Giovanni Papini, El Ocaso de los filósofos en “Obras”, Ed. Aguilar, Madrid, 1962
ü      Thomas Mann, Schopenhauer, Nietzsche, Freud, Alianza Ed., Madrid, 2004
 
 
DESPIECE:
El libro
Parerga y Paralipómena se editó en 1851, hacia el final de la vida del autor. Se trata de una recopilación de observaciones destinadas a un gran público. Los pensamientos aquí expuestos giran en torno a los temas desarrollados en El Mundo como voluntad y representación. Como novedad, se extiende sobre el uso del lenguaje escrito en los filósofos. Al estilo confuso de Aristóteles opone la claridad de un Platón, “capaz de seguir un hilo argumental con mano de acero".
 
Su vida
Arthur Schopenhauer nació en 1788 en Danzig (Gdansk, en polaco). En 1803 viajó por varios países europeos y, en 1805, el padre fue hallado muerto, con fuertes indicios de suicidio. Cinco años más tarde, comenzó sus estudios de filosofía y se graduó tres años después al presentar su tesis doctoral Sobre el cuádruple principio de razón suficiente. A finales de 1818, apareció su obra capital, El mundo como voluntad y representación. Al año siguiente fue admitido como profesor en la Universidad de Berlín. Sin embargo, sus clases tuvieron poco éxito, al coincidir con las de Hegel. En 1831 abandonó la enseñanza y, gracias a unas rentas, pudo retirarse a Frankfurt. Desde allí, en 1836 publicó Sobre la voluntad en la naturaleza. En el 44, salió la segunda edición del El mundo como voluntad y representación, a la que añadió un segundo volumen de Complementos. Parerga y Paralipómena, aparecida en 1851 le propulsó por fin a la fama. Ocho años después salió a la luz la tercera edición de El mundo. Murió plácidamente al año siguiente.

[1] A. Schopenhauer, El mundo como voluntad y representación, vol. II; El Mundo como voluntad; La objetivación de la voluntad
[2] Ibid.
[3] El Mundo… vol. IV; El mundo como voluntad; Afirmación y negación de la voluntad de vivir al alcanzar el conocimiento 
 
[4] El Mundo… vol. III; El mundo como representación; La representación independiente del principio de razón
[5] El Mundo vol. I; El mundo como representación; La representación sometida al principio de razón: el objeto de la experiencia y la ciencia
 
[6] El Mundo… vol. I; El mundo como representación; La representación sometida al principio de razón: el objeto de la experiencia y la ciencia
[7] El Mundo… vol. IV; El mundo como voluntad; Afirmación de la voluntad de vivir al alcanzar el conocimiento
[8] El Mundo…vol.  III; El mundo como representación; La representación independientemente del principio de razón
[9] El Mundo… vol. IV; El mundo como voluntad; Afirmación y negación de la voluntad de vivir al alcanzar el conocimiento
 
[10] Arthur Schopenhauer, Parerga y Paralipómena, Ed. Tecnos,  Madrid, 1994
[11] Thomas Mann, Schopenhauer, Nietzsche, Freud, Alianza Ed., Madrid, 2004
[12] Thomas Mann, op. cit.
[13] Thomas Mann, op. cit.
[14] Giovanni Papini – El Ocaso de los filósofos – Obras – Ed. Aguilar, 1962
[15] Giovanni Papini,  ibid.
[16] Citado por Andrés Sánchez Pascual, Parábolas, Aforismo y comparaciones Ed. Círculo de Lectores, Madrid, Barcelona, 1995
[17]  Parábolas, Aforismo y comparaciones, op cit.
[18] A. Schopenhauer, La cuádruple raíz del principio de razón suficiente
 

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