Mazarin - Artículos Historia


Publicado en la revista National Geographic Hitoria
Escrito en junio 2009
 
Mazarin: un intruso en la corte del rey
En Francia, nunca había ocurrido antes. Un extranjero, plebeyo por añadidura, se sienta al lado del trono y dirige el país contra viento y marea durante dieciocho años. Contará hasta el final con el apoyo inquebrantable de la Reina-Regente y se granjeará rápidamente el odio de los nobles y del pueblo. Se enfrentará a complots y revueltas en el país y guerras contra las potencias extranjeras en las fronteras. Conseguirá por fin la paz, pero nunca el reconocimiento de los franceses.  En el fondo, nadie le perdona su origen forastero. ¿Cómo pudo un italiano, villano, ocupar el puesto más codiciado del reino?
 
Giulio Mazarini nace en Pescina, en los Abruzos en 1602, aunque se cría en Roma, donde su padre trabaja para la poderosa familia Colonna. Tras concluir sus estudios y gracias a sus amistades, entra al servicio del Papa. Capitán en un primer momento, sus cualidades y buenas maneras le valen el cargo de diplomático, cumpliendo con éxito varias misiones. Su consecución más sonora la consigue en 1630 en Casal al lograr in extremis –cruzando a galope el campo de batalla- una tregua entre las tropas francesas y españolas.
 
Richelieu, el cardenal Primer Ministro que dirige Francia con mano de hierro, queda impresionado ante el logro alcanzado por el audaz jinete: “Me he aficionado a él por instinto, antes incluso de conocer por experiencia sus grandes cualidades”. El todopoderoso cardenal tendrá ocasión de conocerle personalmente ese mismo año en Lyon. El encuentro resultará decisivo, pues a partir de ese momento Richelieu se convertirá en el protector del gentil Mazarini, reservándole todo tipo de motes cariñosos: Rinzama, Nunzicardo o Colmarduccio.
 
Como buen tutor, Richelieu quiere presentar a su protegido al monarca. La cita tiene lugar a mediados de 1630 y Luis XIII aprecia de inmediato en el italiano “su juventud, su aspecto saludable, su dulzura, la inteligencia que emanaba de su persona y su sincero deseo de paz”.
E igualmente, la reina Ana de Austria parece seducida por el apuesto latino. Tras su visita a la corte gala en 1632, Mazarini escribirá que la soberana le mostró “tanto cariño que me dejó confundido”.
 
El encanto del joven Mazarini debía de ser irresistible –algo que le reconocerán también sus enemigos- pues en poco tiempo ha sabido ganarse el afecto de las tres personas que le elevarán al poder. Ahora, será cuestión de esperar…
 
Un rápido ascenso hasta la cúpula del poder
Durante unos años más, Mazarini sigue sus labores en el Vaticano. Mientras, Richelieu ha prometido a su favorito pujar para que sea nombrado cardenal; una tarea delicada en el ambiente de intrigas de la Ciudad Eterna. Finalmente, cansado de esperar el ansiado nombramiento, Richelieu reclama a su querido Nunzicardo. Mazarini abandona la Santa Sede y pone rumbo a París, a la vez, obtiene la nacionalidad francesa y Giulio Mazarino pasa a llamarse Jules Mazarin (en español, Mazarino).
 
La acogida en su nueva patria es cálida y  “Su Eminencia me trata con tanta confianza y afecto que, la verdad, no sabría aspirar a más”, escribe el recién llegado a su protector. Ese “más” se produce sin embargo un año después, cuando Mazarino accede al capelo cardenalicio pese a no haber recibido el orden sacerdotal ni tener mayor vocación religiosa.
 
La verdadera vocación del italiano es la diplomacia y, al amparo del Primer Ministro, el novel cardenal se mantiene en un discreto segundo plano llevando a cabo varias  misiones, sobre todo en el extranjero. Los acontecimientos se precipitan en cambio a partir de 1642, cuando de actor secundario Mazarino se convierte en protagonista absoluto.
 
Tras la muerte del Primer Ministro, en diciembre del 42, su valido pasa a ser consejero del rey. Mas a éste le quedan pocos meses de vida. En su lecho de muerte, Luis XIII forma un Consejo de Regencia, constituido por la reina, varios nobles y Mazarino. El monarca fallece en mayo de 1643 y a los pocos días Ana de Austria declara nulo el testamento. Ante el Parlamento y contra toda expectativa, nombra Mazarino Primer Ministro.
 
La sorpresa ante tal gesto es mayúscula y el Cardenal necesitará el firme apoyo de la Regente y el despliegue de todas sus habilidades para ganarse la confianza de su entorno y asentarse en el poder. Un esfuerzo que absorbe gran parte de su actividad.
 
Varios frentes abiertos
Mazarino es consciente de la fragilidad de su posición y hasta qué punto ésta se ve constantemente amenazada.  Diplomático nato, sabe el valor de la paciencia y la observación detallada; en un cuaderno, que lleva siempre consigo, apunta todo lo que ve y oye sobre los personajes que le rodean. En su diario anotará: “disimulo, me deslizo, suavizo y me adapto cuanto me es posible; pero en los momentos difíciles mostraré de lo que soy capaz”. Y muy pronto tendrá que demostrar su destreza para enfrentarse a la delicada situación interna.
 
Al asumir el mando del Gobierno, Mazarino heredaba la potencia absoluta que Richelieu había obtenido reprimiendo a los grandes de Francia. En la nueva etapa que se abría tras la muerte del rey, éstos esperaban por fin recuperar su lugar de honor en la Corte.
 
En cambio, los príncipes ven elevarse al poder a un personaje, ciertamente de “aspecto dulce”, pero con  “un corazón mezquino, siempre dispuesto al engaño”, según cuenta el cardenal de Retz en sus Memorias. Los rencores se desatan y al poco tiempo el Primer Ministro se enfrenta a la Cábala de los Importantes (así nombrados por su aspecto serio y reflexivo), que pretendían asesinarle. La intriga pudo ser desmontada eliminando a su cabecilla, el duque de Beaufort.
 
Si los cortesanos le dan la espalda, el Cardenal tampoco goza de la simpatía del pueblo: las Mazarinades, panfletos satíricos que recogen todo tipo de comentarios despectivos, no cesarán de circular durante todo su “reinado”.
 
Sin embargo, pese a las dificultades, Mazarino no quiere desviarse de su objetivo principal: asentar la hegemonía de Francia derrotando a los Habsburgo. El conflicto armado se desarrolla sobre varios frentes: Holanda, Alemania y España. Mas mantener el esfuerzo de guerra implica disponer de cuantiosos fondos. La elevación de los impuestos, la recuperación de tasas caídas en desuso aplastan al pueblo y aumentan la impopularidad del malvado italiano. Una corriente de rebelión se desencadena en el país y Mazarino vuelve a encontrarse al enemigo en casa.
 
Las Frondas son las dos principales revueltas que agitarán la nación entre 1648 y 1652. Un movimiento que aunque lleve nombre de diversión infantil (“fronde” significa “tirachinas” en francés), tendrá un marcado carácter sedicioso.
 
 
Las Frondas
La Fronda Parlamentaria estalla en 1648 y tendrá como protagonistas a los miembros de las distintas Cámaras territoriales. En efecto, Francia es un estado dividido en varios feudos, cada uno con su propio parlamento. Para la recaudación de impuestos, París ha repartido a sus intendentes por todo el territorio. Pero, sintiéndose amenazados por el creciente poder central, los representantes de las cámaras locales se reúnen en la capital y deciden reformar la constitución; en primer lugar, se niegan a la creación de nuevas contribuciones, alegando que tal prerrogativa corresponde a cada corte.
A la vez, el pueblo, desangrado por los tributos, se une al levantamiento. Las tropas reales asedian la capital mientras se multiplican pillajes, robos y destrucciones.
 
La aversión por el “sucio siciliano” une a los bandos. Ni siquiera la firma del tratado de Westfalia, que sella la paz con Alemania en octubre del 48, logra calmar los ímpetus.
En este ambiente revuelto, la Corte abandona París para instalarse en Saint-Germain (a unos 30 km de la capital). Desde allí, el Cardenal consigue controlar la situación desuniendo a los conjurados. Finalmente, la conciliación entre la Realeza y los parlamentarios se firma a mediados de 1649 y la familia real regresa a París en agosto, vitoreada por el pueblo.
Sin embargo, no hay que bajar la guardia… Mazarino sigue siendo ese “ladrón, titiritero, trapero e impostor italiano”, según escribirá más tarde su médico personal.
 
Y efectivamente, un año después, en 1650, surge la Fronda de los Príncipes. En esta ocasión, la mecha se enciende tras el arresto de Condé, vencedor de la guerra de Westfalia y cortesano ambicioso que reclamaba gloria y beneficios. En varios puntos del país, otros nobles se unen a él reivindicando sus privilegios. 
 
Nuevamente, se desencadenan revueltas populares y, una vez más, lo que une a todos los conjurados es el odio hacia “este italiano que sólo sirve para ser expulsado”. Se decía que mandaba secretamente a Italia millones mientras que en Francia el pueblo se hundía en la miseria… En 1651, ante el peligro, Mazarino liberará a Condé y se exilia en Alemania; desde allí, a través de una correspondencia diaria con la reina, seguirá gobernando.
 
Entretanto, Luis XIV, con catorce años, ha alcanzado la mayoría de edad y el Premier decide volver para sostenerle en un clima aún convulso. Porque Condé, por su parte, una vez  liberado, intenta sublevar a  las provincias. Los motines se repiten y Mazarino es acusado de todos los desórdenes. Para permitir que el rey retome la situación, nuevamente el Cardenal se marcha por unos meses, esta vez a Bélgica. En julio del 52, en París, las tropas reales logran derrotar a las milicias de Condé, poniendo fin a la segunda Fronda.
 
Tras cuatro años de desórdenes civiles, los distintos grupos políticos y sectores sociales que se han rebelado admiten la vuelta al orden. Mazarino se convierte en el dueño indiscutible; incluso tras la coronación de Luis XVI en 1654, el Cardenal será mantenido en su puesto.
El rey y el poderoso Primer Ministro seguirán asentando en el interior las bases del absolutismo monárquico y en el exterior, la guerra contra los Habsburgo. La victoria llega en 1659: mediante el Tratado de los Pirineos finaliza el conflicto con España. Un acuerdo reforzado por el matrimonio, a instancias de Mazarino, del joven rey con Ana de Austria.
 
El país se recupera lentamente y los ánimos se han calmado, pero el italiano no ha logrado ganarse la estima de sus compatriotas. Sin embargo, en su lecho de muerte, Giulio Mazarino, Cardenal y Primer Ministro de Francia, se sentirá satisfecho: deja una Europa en paz, ha contado desde el principio con el amor de Ana de Austria y su ahijado Luis XIV le respeta como a un padre. En sus últimos meses de vida, la enfermedad le obligará a recluirse en su castillo de Vincennes y morirá tras una dolorosa agonía el 9 de marzo de 1661.
 
 
DESPIECES
Una fortuna sin límites
“Qué estúpido es el hombre sin dinero”, solía afirmar Mazarino. Y ante el temor de caer en la miseria, amasó un inmenso capital. Los ingresos provenían ante todo de sus cargos públicos. Era ministro y jefe del Consejo, máximo intendente de la Casa de la reina, tutor del rey, gobernador de varias regiones y fortalezas, capitán de castillos, responsable de las Aguas y Bosques en varios puntos.
 
Arduo trabajador, el Primer Ministro maneja paralelamente sus negocios privados. Terrateniente, ganadero, comerciante de cereales, minerales, especias, azúcar… Así como dueño de bosques y ciudades y armador. Amante del arte, su palacio en París era un despliegue de joyas, tapices, cuadros, alfombras y otros objetos valiosos. “Este hombre es insaciable”, exclamaba sorprendida la reina.
 
Poco antes de morir, quiso legar toda sus riquezas al joven Luis XIV; éste la rechazó y Mazarino decidió repartirlas entre su familia. En una época en que las arcas públicas y privadas se confundían, el Cardenal supo aglutinar una de las mayores –sino la mayor- fortunas del Antiguo Régimen.
 
Compañeros, amantes, ¿esposos?
Ana de Austria, procedente de España, es una mujer atractiva y piadosa. A la muerte su esposo Luis XIII, ella, sin experiencia en asuntos de Estado se enfrenta a la responsabilidad de mantener el reino para el heredero.
Encuentra entonces a un extranjero, como ella, que además habla mejor español que francés (Mazarino había estudiado en Alcalá de Henares). Un hombre que no pertenece a ningún partido, ni se había implicado en ninguna conspiración.
 
Además, la reina se siente indudablemente atraída por el hermoso italiano, que aunque cardenal, no ha hecho votos de castidad…  Los rumores corren rápidamente sobre la naturaleza de tal relación. ¿Llegó el vínculo a ser carnal? ¿Hubo entre ambos matrimonio secreto como se afirmaba en los mentideros? No hay ninguna prueba de ello.
 
El lazo que les unía parecía de otra índole. Mazarino fue el padrino de bautizo del heredero y en 1646 la Regente le confía la educación de su hijo. En el terreno político, el apoyo Ana de Austria se mantendrá hasta el final. Sin ella, difícilmente él hubiera podido sustentarse en el poder durante cerca de veinte años.
 
 
Bibliografía:
-        Georges Mongrédien, Mazarin, Ed. Hachette, Paris, 1959
-        Georges Dethan, Mazarin et ses amis, Ed. Berger-Lavrault, Paris, 1968
-        Billy Auguste, Mazarino, Ed. Espasa-Calpe, Madrid, 1969
-        C. Federn, Mazarin, Ed. Payot, Paris, 1983

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