Pétain - Artículos Historia


Publicado en la revista Historia y Vida
Escrito en noviembre de 2008
 
Philippe Pétain: salvador y traidor de la patria
Philippe Pétain representa cuatro años oscuros en la historia reciente de Francia. Militar destacado durante la I Guerra Mundial, considerado como  “vencedor de Verdún”, es nombrado mariscal de Francia tras la contienda. El enorme prestigio conseguido en la batalla le llevará al poder dos décadas después. Manteniendo un papel reservado en el periodo de entreguerras, tras la firma del armisticio con los alemanes, instaura una dictadura personalista. Mediante su política de colaboración con el III Reich, conseguirá la adhesión de algunos, pero el rechazo de una creciente mayoría. Tras la guerra será juzgado y condenado por traición a la patria. Voluntariamente o por error de cálculo, Pétain se convierte en cómplice del horror nazi.
 
El vencedor
Verdún, 1916. La guerra de trincheras entre franceses y alemanes se ha cobrado más de 500.000 víctimas en los casi dos años que dura la batalla. Philippe Pétain, un coronel a punto de jubilarse, toma el mando de las tropas francesas, logrando éxitos decisivos. Al año siguiente, destaca como el militar que pone fin a las revueltas de las tropas. Para ello, mejora las condiciones de vida de los soldados, renuncia a las ofensivas insuficientemente preparadas y condena a los responsables de los motines.
 
Tras la contienda, Pétain recibe el título de Mariscal. Algunos generales (Joffre, Clémenceau) creen inmerecida esta condecoración, pues según ellos la actuación del Mariscal ha sido excesivamente prudente, defensiva, cuando no directamente derrotista. Pero Pétain huye del bombo, las grandes ceremonias y el “politiqueo”. De origen campesino, su apego a la tierra será una constante. En 1918, su intención es retirarse en una finca recientemente adquirida; en la correspondencia privada a su mujer, detalla medidas a adoptar para las cosechas, la vendimia o el ganado. Como declarará más adelante en su época de Vichy, frente a las mentiras y el odio “la tierra, ella, no miente”.
 
Si bien Pétain es poco amigo de los políticos, a partir de 1918 los cargos y responsabilidades se suceden. En 1920 es nombrado vice-presidente del Consejo superior de Guerra e Inspector general del Ejército en 1922. En 1925 asume el mando de las tropas francesas en la guerra de Abd el-Krim. Igualmente, es nombrado miembro de la Academia Francesa y de la Academia de Ciencias Morales y Políticas. En 1934 ocupa el cargo de ministro de Guerra; un puesto que acepta, según declara al mismo presidente Doumergue, “con tal de no entrar en política”. En 1939 es designado embajador en España.
 
El discreto
Sin embargo, a lo largo de estos años, Pétain logra mantener un equilibrio: lo suficientemente presente para no ser olvidado, pero lo suficientemente discreto para no levantar polémica y mantener su prestigio. Todos, colaboradores cercanos, políticos de izquierdas y de derechas alaban su circunspección. El Mariscal no interviene en los debates que agitan la clase militar insatisfecha por la victoria de 1918 o atemorizada por la expansión del marxismo. Tampoco participa en las aventuras colonialistas o en las controversias políticas que agitan el país. 
Se le considera de hecho un “mariscal de izquierdas”, aunque en realidad, nadie sabe exactamente quien este hombre de origen humilde, discreto, silencioso.
 
Quienes le han conocido en el Ejército aseguran que Pétain reúne las 3 ‘S’: sencillez, serenidad, soberanía. Léon Blum, jefe del Frente Popular, alaba su modestia, su carácter escrupuloso y reflexivo. “Pétain es nuestro hombre” (C’est Pétain qu’il nous faut), declara en 1935 el periodista de derechas Gustave Hervé. En los años sucesivos, varios políticos apuntan también a Pétain como único hombre capaz de unir a un país agitado por la situación interna y la coyuntura internacional.
 
En efecto, ante una Francia empobrecida, con una tasa de natalidad mínima, dividida políticamente e industrialmente vetusta, Alemania se ha armado a pasos de gigante y frente a la pasividad occidental ha anexionado Austria y Checoslovaquia. En 1939, el ruido de botas se acerca y los eventos se precipitan.
 
El salvador
1 septiembre: Alemania invade Polonia; Inglaterra declara la guerra al Reich y Francia también el 3 de septiembre. Sin embargo, el país no está militarmente preparado para el combate. Así, entre septiembre y mayo del año siguiente, se produce la “guerra boba” Las fuerzas francesas mantienen una línea defensiva, hasta que finalmente, el 13 de mayo del 40, las panzerdivisionen se adentran y avanzan rápidamente por el territorio francés.
 
Paul Reynaud, que preside el Ejecutivo, llama a Pétain, entonces embajador en España, y le nombra vice-presidente del Consejo. Pero, acosado entre partidarios del armisticio y del combate, Reynaud dimite y nombra en su lugar a Pétain. En medio de la debacle política, el vencedor de Verdún, es recibido como el “hombre providencial”.
 
En 1940 se habla de 40 millones de “pétainistas”. Muchos historiadores a posteriori, confirman esta creencia. Aunque de edad avanzada (84 años), el Mariscal goza de plena salud. Su aspecto noble (ojos profundamente claros, cabello blanco, torso erguido, estatura mediana) impone respeto y confianza. Padre de la patria, la población se rinde a sus encantos.
Al asumir su nuevo cargo, la primera medida adoptada por el Mariscal es la firma del armisticio el 22 de junio de 1940, la única manera, según él, de salvar vidas humanas y parte del territorio.
 
Las cláusulas son draconianas: los alemanes ocupan el Norte y Oeste del país; el ejército se reduce a 100.000 hombres; los soldados que depositan las armas son considerados prisioneros de guerra; se prohíbe la fabricación de todo material militar y el ya existente debe ser entregado a Alemania; las naves francesas deben ser desarmadas; Francia debe correr con los gastos de mantenimiento de las tropas de ocupación: 400 millones de francos por día en 1940 (lo que daría para mantener a 18 M de soldados, según cálculos de la época), llegando hasta los 700 millones en el 44. Antes de su entrada en vigor, los alemanes han tenido tiempo de hacer 2 millones de prisioneros, una moneda de cambio que se regateará hasta el final…
 
El 29 del mismo mes, el gobierno cambia de sede y se instala en la ciudad termal de Vichy, en la zona libre, al sureste del país. Si en política exterior, el acuerdo con los alemanes ha permitido el cese del combate, ahora queda pendiente el frente interno.
 
Pétain necesita asentar su poder. Su estado de ánimo y su actitud cambian entonces radicalmente, tras haber pasado largos años en la retaguardia, el Mariscal toma el mando de la situación. En julio, la ley “constitucional”, votada por una aplastante mayoría de las dos cámaras otorga los plenos poderes al Mariscal. A continuación, éstas son disueltas, con la valiosa ayuda de Pierre Laval (que se convertirá en el hombre más odiado por los franceses). Mediante otro acto constitucional, Laval  es nombrado sucesor. El objetivo es  acabar con la III República que llevó a Francia a la derrota. En sustitución, la Revolución Nacional permitirá regenerar económica y moralmente el país.
 
El revolucionario
El lema “Trabajo, Familia, Patria”, resume los tres pilares sobre los que se apoya la Revolución Nacional. Más que fascista, se trata de un régimen reaccionario y personalista, basado en el enorme prestigio de su jefe de Estado.
 
La Carta del Trabajo anuncia el fin de la lucha de clases. Los individuos deben integrarse obligatoriamente en una corporación profesional que reúna a dirigentes y trabajadores de un mismo sector. Queda anulado el derecho de huelga y se crea un sindicato único. Rechazando tanto el capitalismo liberal, como el comunismo, la vuelta a una economía rural constituye según Pétain el marco económico y moral ideal. Paralelamente, para reforzar la institución familiar, se suprime el empleo femenino y se otorgan ayudas a las familias. 
 
La Patria constituye la comunidad suprema. La educación deberá reformarse para insuflar los valores patrióticos. Lo que debe prevalecer es el vínculo orgánico entre el individuo y su tierra. Por ello, resulta necesario apartar a los ciudadanos que por cuestiones de raza o creencias, no encajan en el flamante concepto de Nación. Masones, comunistas, extranjeros, opositores “gaullistas” y judíos, serán considerados como enemigos.En esta línea, uno de los colectivos más castigados serán los judíos.
 
La República se ha caracterizado por ser una tierra de acogida. En cambio, la Francia de Vichy, instaura el principio de “Francia para los franceses”. El nuevo régimen, reúne a los extranjeros en campos de internamiento y retira la nacionalidad francesa a los que la han obtenido antes de 1927. Adelantándose a cualquier solicitud alemana, las autoridades promulgan dos estatutos contra los judíos: en 1940, se les excluye de toda función que les permita ejercer un poder o influencia (función pública, medios de comunicación, enseñanza…), se limita su acceso a la Universidad y se ponen límites al ejercicio de las profesiones liberales. A partir de 1941, los administradores-gerentes sustituyen a los jefes de empresa judíos.
 
Se establece además un censo (lo que facilitará posteriormente su arresto y deportación). Pétain rechaza en cambio la estrella amarilla, que los alemanes imponen a los judíos en la zona ocupada. Por otro lado, se disuelve la masonería y sus miembros son denunciados; las libertades públicas son suprimidas, los partidos políticos también, salvo los colaboracionistas que operarán en el norte del país.
 
Pero el nuevo régimen se instaura –o se pretende instaurar- en un país ocupado y es preciso definir la postura que se quiere adoptar frente al ocupante. Pétain y su gobierno, escogen la vía de la colaboración.
 
 
El colaboracionista
El primer encuentro entre Pétain y Hitler se produce el 24 de octubre del 40, en Montoire, una ciudad entre Tours y Orleáns. La colaboración se basa en realidad sobre un malentendido: dando por segura la victoria nazi, Francia pretende obtener una posición favorable en un posterior tratado de paz. El país posee una serie de ventajas que le permiten mantener esta postura: posee una de las mejores flotas del mundo, un inmenso imperio colonial, estratégicamente importante. Francia está dispuesta a colaborar en el esfuerzo de guerra, sin llegar a la co-beligerancia. Las intenciones alemanas son en cambio bien distintas: se trata de evitar que la flota y el imperio caigan en manos de los Aliados. Por el resto, Hitler no tiene la más mínima intención de hacer concesiones a un país que él mismo ha vencido.
 
Pétain anuncia la línea colaboracionista en una alocución radiofónica el 30 de octubre de 1940.
“Para cumplir un mandato de honor y con vistas a mantener la unidad francesa me adentro hoy en día en la vía de la colaboración… Esta colaboración ha de ser sincera. Debe conllevar un esfuerzo de paciencia y confianza…” En realidad, paralelamente, el Mariscal ha mantenido conversaciones secretas con Londres, estipulando que se mantendrá entre las dos naciones una “tensa frialdad”, asegurando que en ningún caso, Francia luchará junto al Reich.
 
Si para Pétain se trata de ganar tiempo practicando una  “neutralidad asimétrica”, las acciones sucesivas demostrarán que la Colaboración es una vía sin retorno en la que Francia se verá engullida hasta el final, máxime cuando Laval, presidente del Consejo, aboga por una cooperación activa con el ocupante. Justamente, por pretender llevar a cabo una política excesivamente personal, Laval es revocado el 13 de diciembre del 40. Pierre-Etienne Flandin y el almirante Darlan poco después, asumen las funciones de Laval.
 
Darlan es también partidario de la Colaboración. Hace concesiones a los alemanes, hasta el punto de poner a disposición las bases militares francesas de Siria y de Túnez, que los alemanes necesitan para combatir a los ingleses en Oriente Medio.
 
Las contrapartidas prometidas por los nazis no parecen tener un efecto positivo, al contrario. En el otoño del 41, ante el recrudecimiento de atentados por parte de la resistencia en la zona norte, los ocupantes responden con represalias y fusilamientos cada vez más frecuentes. En privado, Pétain protesta contra las ejecuciones; en público, condena los atentados
y “los daños causados por los mensajes difundidos por la radio británica y algunos periódicos franceses”. La opinión pública francesa se indigna ante tanta tibieza.
 
Los alemanes exigen la vuelta al poder de Laval. Al final, el Pétain cede. Darlan es destituido, Laval retoma el cargo el 19 de abril del 42. Éste constituye un nuevo gobierno a su medida y mantiene su línea de acción: “Actuar de tal manera que Alemania no sea lo suficientemente fuerte para comprimirnos, pero evitando a la vez que el bolchevismo nos pueda suprimir.” De modo que, los nazis representan la verdadera salvación ante el peligro comunista. 
En su lucha contra el enemigo, los alemanes y colaboradores intensifican la represión: 30.000 ejecuciones en 1942, aumentando en los años sucesivos.
 
En cuanto a los judíos, su situación se vuelve cada vez más crítica. En el 41, los alemanes llevaron a cabo las primeras redadas en la zona ocupada. A partir de 1942, una vez puesta en marcha la “solución final”, los arrestos y deportaciones se multiplican. Durante el verano del 42, Laval da su acuerdo para entregar a miles de judíos extranjeros a los nazis. Las SS y las Milicias -cuerpo francés, aunque de ideología y métodos nazis- se encargarán de las sucesivas capturas. 
Ante tales acciones, incluso la Iglesia -hasta entonces pro-Vichy- manifiesta su rechazo: “Tenemos el imperioso y doloroso deber de elevar la protesta de nuestra conciencia…”, declara el obispo de Lyon en sus sermones. 
 
Laval, va más allá: para contribuir al esfuerzo de guerra del Eje crea en febrero del 43 el Servicio Obligatorio de Trabajo (STO) que permite el envío forzoso de trabajadores franceses a las fábricas alemanas. Durante el periodo de Vichy, 650.000 personas serán trasladadas con este fin.
 
El perdedor
En noviembre del 42, los americanos desembarcan en el norte de África; es una ocasión única para aceptar la mano tendida por el presidente Roosvelt y aliarse con los anglo-sajones. Sin embargo, Pétain emite la orden a los generales de Argelia de luchar contra los Aliados. La orden no será seguida y en poco tiempo, el Imperio entero pasa a la disidencia. Pocos días después, los alemanes lanzan un ultimátum: los franceses deben unirse contra el enemigo inglés so pena de severas medidas. Laval intenta negociar pero el Mariscal permanece fiel a su elección de 1940: no intervención en la guerra –en ninguno de los dos bandos- y colaboración para mantener a raya al ocupante. Como represalia, la Wermacht invade la zona sur el 11 de noviembre de 1942.
 
Francia en su totalidad está bajo el mando alemán. Gran parte de la población se desencanta; muchos habían creído en el doble juego de su jefe, pensando que preparaba en secreto una revancha contra el enemigo. La popularidad del régimen cae en picado y la Resistencia –el movimiento que desde el principio había luchado contra el invasor- multiplica sus acciones. A su vez, la temida Milicia, incrementa los apresamientos de disidentes. Éste es uno de los aspectos que más choca a la opinión: las atrocidades no son una exclusividad de los nazis, incluso las fuerzas galas perpetran actos de horror contra la población. La tradición de humanidad cristiana tantas veces invocada por Pétain en sus discursos y que debía inspirar la actuación de su gobierno, se ha dejado contaminar por la barbarie del ocupante.
 
Acorralado, sin margen de maniobra, el 18 de noviembre del 42, Pétain abdica, aunque sigue siendo nominalmente Presidente de la Nación; cede todos sus poderes, salvo la promulgación de leyes constitucionales, a Laval. El Mariscal se convierte en una suerte de títere en su propio reducto de Vichy, Laval en gobernante de un Estado satélite de Alemania.
 
Ninguna de las concesiones sin embargo, satisfacen al enemigo. Los métodos se vuelven más brutales: quema de pueblos enteros, represalias, ejecuciones colectivas, uso constante de la tortura. A tales violencias, se añaden los destrozos causados por los bombardeos aliados.
En diciembre del 43, Pétain se rinde a una de las peticiones más severas de los nazis: “las modificaciones de las leyes serán sometidas antes de su publicación a las autoridades de ocupación.”
 
En sus discursos radiofónicos –pasados por la criba nazi- el Mariscal condena los atentados que “comprometen el futuro del país”. La fractura entre el Jefe y el pueblo se amplía. El 6 de junio de 1944 se produce el desembarco aliado en Normandía. Los ejércitos de liberación avanzan rápidamente ante aclamaciones populares.
 
Desde Vichy, Pétain solicita un encuentro con el general de Gaulle para traspasarle los poderes y “volver a vivir en paz y terminar tranquilamente mis días”, según le declara al agente secreto  encargado de la comunicación con el general. La petición queda sin respuesta.
Poco después, el 20 de agosto del  44, Pétain es arrestado por los alemanes que lo llevan a Sigmaringen, en Alemania.
 
El traidor
En Francia, finalmente liberada, se crea la Corte Superior de Justicia, ante la cual Pétain desea comparecer para defender su causa y honor. Tras pasar por Suiza, el Mariscal vuelve a su patria en abril del 45, tiene 90 años.
 
En la corte, ante un jurado compuesto por parlamentarios que no votaron los plenos poderes a Pétain cinco años atrás y representantes de la Resistencia, Philippe Pétain es declarado culpable de inteligencia con el enemigo y de alta traición, condenándole a la pena capital. Pierde además su rango militar.
 
De Gaulle, a cargo del gobierno provisional de la República, conmuta la pena de muerte en cadena perpetua que cumple en la cárcel de L’Île–d’Yeu. Philippe Pétain –y no ya el mariscal Pétain- muere el 23 de 1951. Se cierra así un periodo que desencadenando luchas entre colaboracionistas, resistentes o partidarios de Pétain, ha llevado a los franceses al borde la guerra civil.
 
 
 
Philippe Pétain: de la gloria militar a traidor de la patria – parte II
 
La cuestión judía
Uno de los capítulos más bochornosos de la Francia de Vichy, es el referente a la cuestión judía.
Contrariamente a Alemania, el antisemitismo francés no tiene un origen racial, sino patriótico. Los judíos que han luchado por la patria son considerados ciudadanos franceses como los demás. Por otro lado, Francia es tradicionalmente una tierra de asilo y durante los años previos a al conflicto, ha dado cobijo a los judíos europeos que huían de la represión. Se establece una distinción entre judíos franceses y extranjeros. Todo cambia con el advenimiento de la Francia de Vichy. Sus leyes de exclusión y sobre todo la Colaboración, permitirán la deportación de 76.000 judíos, sobre 350.000 existentes antes de la guerra. La mayor parte de las víctimas eran extranjeras (polacos, alemanes, rusos) o franceses que habían perdido la nacionalidad. Francia ha sacrificado en gran medida los judíos extranjeros evitando a los franceses la misma suerte. Otros muchos se han salvado gracias a la resistencia administrativa de funcionarios o a la ayuda brindada por la población.
 
Laval, el hombre más odiado
Ambicioso, arrogante, de origen campesino y patriota convencido, Laval, aboga desde el principio por la Colaboración. Él mismo establece el primer contacto con los alemanes para proponerlo en octubre de 1940.
 
Pétain detesta a Laval: no es un militar, sus modales le desagradan y lleva una política demasiado independiente. Por ello decide revocarlo del cargo en diciembre del mismo año (40). Sin embargo, cediendo a la presión nazi, el Mariscal deberá readmitirlo.
 
La vuelta de Laval en abril del 42, coincide con la etapa más dura de Vichy: permite las represalias contra los disidentes, entrega miles de judíos a los alemanes. 650.000 trabajadores son mandados Alemania, a través del Servicio del Trabajo Obligatorio que crea en el 43. En política interna, amplia los poderes de la Milicia que llegará a reunir a 80.000 hombres en el 44. Un Pétain debilitado, le cede todos sus poderes el 18 de noviembre de 1942.
 
“Donde quiera que me dirija, oigo el grito ‘Laval, al paredón’”, le espeta a un Hitler que se queja de la tibieza del gobierno francés. Aunque la derrota alemana parece inminente, Laval sigue apostando por el Reich.
Una sombra de duda aparece cuando en su cautiverio en Sigmarigen (1940), a manos de los alemanes, declara en privado: “Yo he creado al Pétain político. He fracasado. Habría tenido que dedicarme a criar cerdos. Me hubiera hecho igual de rico”
 
“Marechalistas” nostálgicos y parte de la opinión pública apuntan a Laval como el verdadero responsable del horror de Vichy. Pétain, en muchos casos, no actúa, pero consiente y al final cede. Dirigiéndose a la nación en sus discursos como un jefe o como un padre, Pétain sostiene hasta el final que su único fin ha sido proteger a los franceses. Entonces, ¿víctima o verdugo?
 
 
Culto a la personalidad
La población aclama la llegada de Pétain al poder en junio de 1940. Se hablaba entonces de “40 millones de petainistas. Figura de padre protector, confían en el “vencedor de Verdún” para poner orden en un país traumatizado.
 
El culto a la personalidad surge casi de inmediato y es indisociable de la  Revolución Nacional. La imagen del Mariscal aparece en las vitrinas, en los centros públicos y educativos, sobre los muros de la ciudad, en los calendarios de correos y también en sellos y monedas. Para borrar cualquier rastro del pasado republicano, en las escuelas y ceremonias públicas se entona el nuevo himno “Maréchal, nous voilà!”; igualmente, los bustos de Pétain reemplazan a los de Marianne, icono de la Revolución Francesa. Los funcionarios, jueces, policías, militares y hasta carteros, deben jurar fidelidad al jefe del Estado.
 
A partir de mitad del 41, la necesidad de luchar contra disidentes y judíos o la Colaboración con el Reich, convierten Vichy en un estado policial y represivo. Si la adhesión al régimen decrece, la popularidad de Pétain se mantiene prácticamente intacta hasta el final.
T
ras el conflicto que llevó a Francia a guerras intestinas, los historiadores y gran parte de la opinión, distinguen entre “marechalistas”, que ensalzan la figura del militar del la I Guerra Mundial y los “petainistas”, partidarios del régimen de Vichy. Una distinción a veces sutil, que prolonga la polémica hasta nuestros días.
 
 
La polémica sigue
Entre 1968 y 1992, la tumba de Pétain es ornamentada por diversos presidentes de la República. Tanto de Gaulle, como Pompidou, Giscard d’Estaing o Miterrand rinden homenaje a través de este gesto al héroe de Verdún y no ya  al dictador de Vichy. Las protestas de organizaciones judías ponen fin a esta práctica.
 
Pero el sepulcro de Pétain recibe también otras visitas menos solemnes… En tres ocasiones la tumba del Mariscal ha sido profanada. La primera, en 1973; uno grupo de nostálgicos “marechalistas” pretende exhumar el cuerpo para cumplir una de las últimas voluntades de Pétain: yacer junto a los miles de caídos en Verdún. En 2001, una banda de adolescentes arroja desperdicios dañando la piedra tumbal; ante el juez declaran haber actuado por convicción. La tercera profanación, en septiembre de 2007, presenta las mismas características que la anterior.
Vandalismo, acto político o defensa del Mariscal, la figura de Pétain sigue levantando ampollas.
 
 
Bibliografía:
Robert Aron, Histoire de Vichy, Fayard, 1954
Henry Amouroux, Pétain avant Pétain, Fayard, 1967
Jacques de Launay, La France de Pétain, Hachette littérature, 1972
Henry Amouroux, 40 millions de pétainistes – Juin 1940-Juin 1941, Robert Laffont, 1977
Raymond Tournoux, Pétain et la France – La seconde Guerre mondiale, Plon, 1980
Serge Benrstein, Pierre Milza, Histoire du XXe siècle, Hatier, 1989
Henry Rousso, Les annés noires – Vivre sous l’Occupation, Découvertes Gallimard, 1992

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