Amazonas - Artículos Historia


Amazonas: oro en la mesa, infierno en la selva
Gracias al látex, proveniente casi exclusivamente de la cuenca amazónica durante décadas, Brasil conoce la mayor época de prosperidad de toda su historia entre 1870 y 1912. Las ganancias generadas por el comercio de esta materia prima, imprescindible a las potencias occidentales, propulsa el país en pocos años a  la era industrial. Manaos, capital del Amazonas se convierte en el ‘París de los Trópicos’. Pero mientras en los cafés de la nueva urbe se sirven champagne y cognacs europeos y los “barones del caucho” acuden al fastuoso Teatro Amazonas recién inaugurado, los trabajadores de la goma viven –o mueren- en el infierno verde.
Doble cara de una selva que devoró a miles de vidas humanas.
 
La seringa –o Hevea brasiliensis – crece en estado salvaje sobre todo en la zona de Acre, en la parte occidental de Amazonas. Gracias a una incisión que se practica en el tronco, se desprende un líquido blanco, con aspecto de leche y textura gomosa, que se recoge en cazuelas para su posterior elaboración. Los indios de Latinoamérica ya conocían el uso esta goma. Cristóbal Colón describe en su segundo viaje cómo los indios de Haití –donde también crece la seringa, aunque de otra especie- lo utilizaban para elaborar diversos objetos. Varios exploradores de la cuenca amazónica relatan también el uso por parte de distintas tribus, los indios omáguas principalmente, para la fabricación zapatos, vestidos o gorros impermeables.
 
Su llegada a Europa se debe al naturalista francés Charles-Marie La Condamine. De viaje por la Amazonía  a servicio de la Academia de las Ciencias de París, este científico recoge muestras y las lleva al Viejo Continente en 1740. Su uso es entonces minoritario y se emplea en la fabricación de juguetes, velas, urinales, zapatos y diversos pequeños objetos. En 1770 el científico inglés Joseph Priestley descubre el uso de la goma para borrar trazos de lápiz.
 
Sin embargo, habrá que esperar hasta 1839 cuando el americano Charles Goodyear descubre el procedimiento de vulcanización. Este proceso consiste en añadir a la mezcla base azufre a una temperatura adecuada, de modo que la goma se torna más flexible, resistente, totalmente impermeable y pierde su viscosidad inicial. El uso de esta materia se multiplica; gracias a este método se pueden fabricar hilos conductores (en la época de creación del teléfono y telégrafo) y sobre todo, neumáticos.
 
En efecto, el invento de los neumáticos se debe al irlandés John Boyd Dunlop en 1888. En un primer momento, aplicados a las bicicletas, el uso se extiende a los automóviles. Inglaterra y Estados Unidos, se convierten en los grandes importadores de una materia prima esencial para su industria. En la parte brasileña, queda pues abierta la vía  a la explotación masiva del látex proveniente del hevea. Manaos, capital de Amazonas, se ve muy rápidamente propulsada a la era industrial.
 
En esos primeros años de bonanza, alrededor de 1880, se llevan a cabo las mayores obras de transformación de la ciudad. Hija del positivismo, de la creencia en el avance científico imparable, la ciudad de la selva se urbaniza integrando los mayores avances tecnológicos de la época: iluminación de las calles, pavimentación de las calzadas, construcción de calles, saneamiento de ríos y canales (igarapés), canalización de agua y alcantarillado. De ese periodo data igualmente la construcción del puente flotante, la aduana del puerto, el mercado, réplica del mercado des Halles de París, el palacio Río Negro, sede del gobierno.
 
Sin embargo, la gran joya, la construcción que imprime carácter a la ciudad, que marca un estilo y consagra su importancia es sin lugar a dudas, el Teatro de la Ópera. Para su construcción se utiliza lo más noble que existe en ese momento: espejos de bohemia, cristales de Murano, vigas de Escocia, floreros de China, estructuras de hierro traídas de Francia, maderas tropicales, pintores italianos que pintan sobre temas locales. Inaugurado en 1896, se convierte en el centro de la vida cultural y social.
La ciudad conoce años de lujo y fausto: filiales de las grandes tiendas europeas, cabarets donde mujeres, vinos, licores provienen directamente del Viejo Continente. Manaos es bautizada entonces el ‘París de los Trópicos’.
 
Excesiva y derrochadota, la capital de Amazonas es fruto de la voluntad de una minoría pionera, sustentada por un único producto: la goma. Los cambios demográficos se hacen notar; en 1830 Manaos (entonces, llamada Barra), cuenta con 3.000 almas; en 1830, la población aumenta a 50.000; en 1910, la totalidad de la región amazónica incluye un millón de habitantes, de los cuales unos 300.000 son trabajadores provenientes del Nordeste brasileño.
 
Y la goma, deja su huella en las arcas: si su precio es de 256 libras esterlinas por tonelada en 1902, sube hasta 655 en 1910, el punto álgido del ciclo. Su comercio llega a suponer el 25% de los ingresos de exportación de Brasil. La renta per capita de la capital de Amazonas es dos veces superior a la de las regiones productoras de café (São Paulo, Río de Janeiro, Espíritu Santo). Sin embargo, el oro elástico fluye, en gran parte, gracias al régimen despiadado instaurado en el corazón de la selva.
 
 
La deuda infinita
Antes del boom del caucho, en la región amazónica de Brasil, se practica una agricultura básicamente de subsistencia, la fuerza de trabajo es mayoritariamente familiar y se realiza esencialmente con mano de obra local. A partir de la segunda mitad del siglo XIX se disparan las necesidades de látex por parte de las industrias europeas y estadounidense. Amazonía se convierte en un lugar de producción estratégico, ya que no hay otro lugar en la Tierra capaz de producir una goma natural de semejante calidad. El seringal (del portugués, “seringa”, árbol de látex) es una propiedad rica en árboles de látex, el seringalista es el dueño del lugar y los seringueiros, la mano de obra.
 
Para que la extracción del látex pueda seguir la creciente demanda mundial, Brasil tiene que modificar radicalmente su estructura laboral y económica. A tal efecto, se organiza por parte de las autoridades locales y de los propios patronos, la contratación masiva de operarios, procedentes mayoritariamente del Nordeste brasileño. Esta región atraviesa una crisis desde que pocos años antes se ha venido abajo la industria del azúcar, además, en 1877 una tremenda sequía asola la zona. Son muchos por lo tanto los que dejan la familia atrás y aceptan de buen grado adentrarse en las profundidades de la selva, sobre todo en la zona del Acre, colindante con Bolivia, con la esperanza de enriquecerse rápidamente y volver a casa.
 
En 1888 se ha suprimido la esclavitud, con lo cual, la mano de obra debe ser contratada. Sin embargo, mediante el sistema de endeudamiento (sistema de aviamento)  puesto en marcha por los empresarios del caucho, el seringueiro se verá muy rápidamente preso en un mundo carcelario del que pocos podrán salir.
 
El sistema de endeudamiento empieza cuando los peones firman un contrato (con una simbólica X, dado que la mayoría son iletrados) con las casas de aviamento (agentes intermediarios y de contratación) que a cambio, adelantan los gastos del viaje. La deuda se pone en marcha. 
 
Tras un viaje que dura semanas, los trabajadores llegan al seringal; allí, el patrono les  entrega una serie de bienes (alimentos, mercancías, medicamentos y herramientas), cuyo importe el seringueiro tendrá que cubrir con la goma recolectada. La deuda se va acrecentando. Además, por falta de otros lugares cercanos, los trabajadores no tienen más remedio que abastecerse en el propio comercio del patrón. Los precios son exorbitantes para unos salarios ínfimos, el dueño le adelanta las mercancías, aumentando la espiral de deudas. El trabajador deberá extraer cantidades cada vez mayores de caucho. En un entorno hostil afligido por el calor intenso, sujeto a enfermedades tropicales y lejos de la familia, el seringueiro recorre cada día mayores distancias en busca de árboles nuevos. Todo esfuerzo inútil: por malabarismos de la contabilidad de los seringalistas, nunca la cuenta se pone a cero. Atado a su jefe por un tiempo indefinido, el seringueiro vive encerrado en una cárcel verde.
 
No hay salida
Varias circunstancias confluyen a reforzar el régimen carcelario. El seringueiro no tiene ningún control sobre la mercancía que extrae. Por otro lado, el analfabetismo imperante no ayuda a la emancipación. Tampoco hay alternativas económicas en la zona que posibiliten la búsqueda de otra ocupación. Por último, la huida no representa una opción viable: los patronos disponen de lanchas, de vigilantes y cuentan además, con la ayuda de las autoridades locales, para devolver los fugitivos al barracón. Y de cualquier modo, lo más seguro es que el propio bosque se convierta en la tumba de los más atrevidos: serpientes venenosas, animales peligrosos, enfermedades mortales (malaria, beriberi, fiebre amarilla, tifus) suponen el fin de cualquier escapada. De modo que, aislado, encadenado financieramente y sin otros recursos, el trabajador deberá permanecer a las órdenes del patrono por un tiempo indefinido.
 
Si para los dueños el sistema del endeudamiento garantiza la continuidad de la producción, tampoco él se encuentra a salvo de riesgos. En efecto, este sistema afecta a todos los eslabones: el seringueiro contrae una deuda inicial con las casas de aviamento que le han contratado, después, con los seringalistas que le adelantan el material necesario para la recolecta de goma. A su vez, el seringalista se ha financiado contrayendo una deuda con una Casa mayor a quien deberá hacer llegar el caucho, bajo amenaza de embargo. Estas Casas por su parte, han adquirido compromisos con empresas exportadoras. Un sistema piramidal que genera la cultura del miedo y fomenta el uso directo o indirecto de la violencia.
 
No obstante, las mayores víctimas en este proceso serán los propios seringueiros, ya que en última instancia, la propia existencia del trabajador está en manos del seringalista. Las víctimas de este régimen semi esclavista se calculan por decenas de miles.  
Visto desde el prisma comercial, el cuadro es más positivo. En 1880, Brasil posee la mayor cuota de producción mundial de caucho. Manaos se ha transformado, Belém se ha modernizado y el conjunto del país se ha beneficiado. En este sentido, el comercio del látex es un enorme éxito. Sin embargo, los ingleses, grandes dependientes de la goma amazónica, parecen tener otros planes…
 
Una desagradable sorpresa
Durante el ciclo del caucho, el Reino Unido es el mayor importador de látex de Brasil, pero desea deshacerse de esa dependencia. En 1876, sir Henry Wickham, botánico inglés y coleccionista de orquídeas, manda a la metrópoli 70.000 granos recogidos a escondidas en los seringales de Amazonía Oriental. Las semillas son trasladadas al Jardín Botánico de Kew y posteriormente plantadas por los ingleses en sus colonias de Malasia, Ceilán y África sub-sahariana. Cuarenta años más tarde, ya perfectamente aclimatadas a su nuevo habitat, los árboles producen látex. En 1892 Brasil produce el 61 % del caucho natural que se exporta nivel mundial. En 1912, el porcentaje de caucho brasileño baja al 43 % y el de Asia supone un 12 % de la cuota de mercado.
 
En el año siguiente, 1913, las plantaciones del Sudeste Asiático ya superan con creces a las de Brasil, y dos años más tarde, en 1915, las colonias inglesas, holandesas y francesas, contribuyen con más de dos terceras partes de la oferta mundial de goma.
 
Ante esta nueva situación, como era de esperar, los precios caen de manera irreversible. Si en 1891 una tonelada se cotiza a 161,3 libras esterlinas, en 1920 se cotiza a 106, cayendo hasta 32 libras por tonelada en 1929. El caucho amazónico pasa a tener un precio poco competitivo, lo cual provoca un estancamiento de la economía regional.
 
 
Última parada
La ausencia de previsión por parte de los gobiernos locales antes esta situación no permite en lo inmediato crear nuevas alternativas económicas y laborales. Los seringalistas y otros empresarios en el comercio del caucho en la región del Amazonas no actúan con la visión capitalista propia de los ingleses.
 
Los británicos en el sudeste asiático invierten no solo en heveicultura, sino además, en la construcción de carreteras y ferrocarriles, investigación agronómica para aumentar la productividad de la seringa o en la mejora de las condiciones de trabajo, todo lo cual, contribuye al abaratamiento del coste final del producto.
 
En cambio, en Brasil, los excedentes generados por el comercio de látex crean una prosperidad que sólo llega a las élites. Las administraciones locales por su parte, tampoco aprovechan plenamente los años de bonanza; si bien invierten en la modernización de Manaos, no crean una infraestructura económica aprovechable para otras actividades.
 
En la selva, algunos seringueiros se repliegan en una agricultura de subsistencia: cultivo de yuca, frijoles, arroz. Otros, desprovistos de toda fuente de ingresos, se establecen en la periferia de Manaos u otras ciudades del bosque, en busca de mejores condiciones de vida. En la capital amazónica, caen rápidamente en desuso las grandes mansiones, reflejo ahora de una riqueza efímera, sube rápidamente el desempleo, el crecimiento demográfico se estanca.
 
El ciclo del caucho ha terminado. Las luces de la Ópera se apagan y a partir de los años veinte lo único que sigue creciendo en Manaos son las favelas pobladas por seringueiros en paro. En medio de la selva, la ciudad vegeta. Habrá que esperar décadas antes de que Manaos vuelva a despertar.
 
 
 
 
 
AMAZONAS – Caucho – II - profundizando
 
 
El horror se repite
Si el primer ciclo del caucho (1870-1912), puede ser recordado como una época controvertida, en el segundo ciclo (1942-1945), gran parte de los mismos horrores se volverán a repetir.
 
En plena contienda mundial, los estadounidenses firman un tratado con Brasil para el suministro inmediato de goma, dado que los nipones han ocupado los territorios asiáticos productores de esta materia. Brasil crea una agencia ad hoc, el Servicio Especial de Mobilización de Trabajadores hacia la Amazonia (SEMTA), recluta en pocos meses cerca de 55.000 trabajadores, muchos de ellos provenientes una vez más, de la empobrecida zona del Nordeste.
 
Equipados con material básico para la selva y cargados de promesas sobre un enriquecimiento seguro, estos ‘soldados del caucho’ se enfrentarán en realidad a condiciones que no difieren mucho de las vividas por sus compatriotas décadas antes: enfermedades tropicales, hambre, violencia y abandono. Por otra parte, con explotaciones abandonadas durantes años, Brasil no puede hacer frente a la demanda del vecino del Norte y rápidamente las expectativas se hunden.
 
Al acabar el conflicto, las autoridades brasileñas incumplen su promesa de transportar a los trabajadores a su lugar de origen. Se calcula que unos 31.000 murieron en la selva; solo 6.000 regresaron por su propio pie a sus hogares, otros miles poblaron las periferias de las ciudades. Para muchos, la selva, fue su propia tumba.
Sólo  tras la aprobación de la nueva constitución en 1988, los ‘soldados del caucho’ fueron declarados héroes de guerra, teniendo derecho a una pensión equivalente al doble del salario mínimo.
 
Hoy, el sistema del endeudamiento está oficialmente erradicado. Sin embargo, aún hay muchos casos de trabajadores que mediante este método trabajan en las grandes haciendas. En 2003, la policía brasileña liberó 800 “esclavos” atados a los grandes hacendados por el sistema de la deuda. Ese mismo año, el presidente del Tribunal Superior Laboral de Brasil, Francisco Fausto, denunció en una entrevista en el diario brasileño O Globo que al menos 25 mil personas son obligadas a trabajar en condiciones de esclavitud. El presidente Lula se comprometió entonces a luchar contra esta lacra; tarea difícil ya que el poder de los grandes terratenientes se ve aumentado por bandas de pistoleros que frenan cualquier intrusión.
 
 
 
Esclavitud en el Putumayo
 
Si los empresarios del caucho brasileños recurren a mano de obra pagada, aunque sometida por medio del sistema de endeudamiento, los caucheros peruanos emplean indios reclutados por la fuerza. Durante la primera fiebre del caucho, en la zona del Putumayo –ampliamente dominada por la Casa Arana- esta es la práctica empleada.
 
En 1899, Julio César Arana descubre la cuenca del Putumayo (región actualmente de administración colombiana situada entre los ríos Igaraparaná, Caraparaná y Putumayo); en pocos años, logra hacerse con el mando de esta vasta región y convertirse en uno de los grandes barones del caucho; las cifras lo avalan: en 1900 la producción de la Casa Arana y Hermanos es de 15.883 kilos de caucho, en 1906 pasa a 844.897 kilos.
 
Dado los espectaculares resultados comerciales, Casa Arana es considerada por algunos como un ejemplo de empresa modélica. Tanto es así que 1907, la Casa Arana, ya dueño de una vasta zona amazónica, se amplía con capital inglés y cambia su razón social por Peruvian Amazon Company, con sede en Londres.
 
Pero si el sistema puesto en marcha puede resultar impecable sobre el papel, la realidad de los hechos es distinta.
Para empezar, la mano de obra es “enganchada” hacia la zona de producción por medio de “correrías” en las que los intentos de huida son penalizados con la muerte. Los trabajadores se trasladan a las barracas, centros de recolección y almacenamiento. Cada uno de estos centros, al borde de los ríos, está formado por un conjunto de casas de pilotes con techos de palma. En estas secciones, el capataz, junto con un grupo de hombres armados es el encargado de poner orden, castigar, penalizar o torturar, según la infracción cometida. Existe también un pequeño grupo de gente de color, traída de Barbados que se encarga por lo general, de la intendencia.
 
Dentro de esta estructura, los “muchachos” ocupan un lugar de primer orden; estos jóvenes nativos criados por los patrones y armados por ellos, hablan las lenguas nativas y conocen las costumbres de los autóctonos; residen en el campamento también, en malocas –casas nativas comunitarias- y son los encargados de supervisar el trabajo diario de sus congéneres. A los indios se les prohíbe –entre otras cosas- sembrar sus cultivos tradicionales; tienen que transportar pesadas cargas de caucho hacia la sección; si no entregan las cuotas exigidas por los caucheros, son castigados en el cepo, flagelados o torturados.  El caucho recolectado se almacena en la parte baja de la casa,  a la espera de ser trasladado a La Chorrera o al Encanto, desde donde se transporta a Iquitos o Manaos. A cambio de su trabajo, los indios reciben alguna mercancía y algo de comida.
 
Estos son algunos de los hechos que el cónsul inglés Roger Casament denunciará en su informe en 1913 (ver otro recuadro). Casament vaticina un exterminio de la población de no detener estas prácticas. Y de hecho, así fue: en el período de 1900 a 1910, se calcula que sólo en la cuenca del Putumayo, mueren 40.000 indios de los más de 50.000 iniciales.
 
 
 
 CASA ARANA: el mundo descubre los horrores de la selva
 
Desde el año 1909 circulaban noticias en un primer momento en la prensa americana y después en la inglesa. Comienzan a surgir rumores sobre el brutal trato al que son sometidos los caucheros rasos en la zona del Putumayo. Esta vasta región situada entre las fronteras de Colombia y Perú, es controlada en su casi totalidad por la Peruvian Amazon Company, antigua Casa Arana y Hnos., fundada ésta por Julio César Arana (1864-1952).
 
Como el gobierno peruano no interviene en el asunto, pese a su promesa, los británicos deciden tomar cartas en el asunto por varios motivos: el gobierno del Reino Unido no desea que capital inglés se vea asociado a prácticas brutales; además, incluso dentro de la mentalidad victoriana, llama la atención la irracionalidad de un sistema que extermina una mano de obra indispensable para la propia actividad empresarial.
 
En 1912 el Parlamento encarga a Roger Casament, cónsul británico de Río de Janeiro, la elaboración de un informe. Casament recorre la zona del Putumayo y de manera semi clandestina logra hablar con algunos trabajadores de la Casa Arana. Los testimonios son demoledores: violencia, tortura, penas de muerte, humillaciones, desplazamientos de poblaciones enteras forman parte de las prácticas comunes en las barracas.
 
Al año siguiente, durante los días 8 a 10 de abril, Julio César Arana comparece ante el  Comité de la Cámara de los Comunes, encargado de determinar las responsabilidades de los directores ingleses de la Peruvian Amazon Company —o Casa Arana— en el genocidio de los indígenas del Putumayo. Ante los parlamentarios, Arana admite la veracidad de los hechos, aunque alega que son exagerados, niega toda responsabilidad en los mismos y declara haber tenido conocimiento del asunto únicamente a través del Informe de Casament. Igualmente, explica que la expresión “conquistar a los indios”, empleada en algunos documentos internos, en realidad significa, “atraer a una persona. Conquistar sus simpatías” y no ya someter a la fuerza. Sostiene más adelante que los nativos de esa zona son dóciles; no han sido sometidos por la fuerza, sino que se ha establecido con ellos un intercambio mercantil: “Tienen vestidos, tienen herramientas, tienen armas, tienen cuanto piden. Lo que les gusta más es estar desnudos. Es su costumbre”, afirma Arana.  
 
Arana quiere presentarse ante los parlamentarios como un “civilizador”, frente a tribus de “salvajes” y “antropófagos”. Pero pese a todo, los miembros del Parlamento no dejan de considerarlo como un nuevo Pizarro o Cortés, que sometiendo a los nativos, se ha hecho con el control de una vasta región amazónica. 
Con un veredicto final desfavorable, Arana se ve obligado a liquidar la compañía, aunque, de vuelta a Perú, la recompone. Años después, en 1924, el escritor colombiano José Eustasio Rivera denuncia en su novela La Vorágine, el régimen de opresión al que son sometidos los indios y caucheros del Putumayo. Arana resiste también a este embate. Las condiciones de trabajo en su empresa seguirán igual hasta el final de su actividad cauchera a finales de los años treinta. Entre tanto, Julio César Arana se ha adentrado en el mundo de la política, disfrutando del apoyo –o complicidad-  de las autoridades tanto peruanas como colombianas para sus negocios.
 
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Aventura, arrojo, violencia, dos barones del caucho pasan a la Historia
De origen peruano ambos, Julio César Arana (1864-1952) como Carlos Fermín Fitzcarrald (1862-1897 fueron dos de los mayores emprendedores en la explotación del caucho. Por distintos motivos, ambos pasarán a la historia.
 
Carlos Fermín Fitzcarrald
La vida empresarial de Carlos Fermín Fitzcarrald (1862-1897), fue fulgurante. Tras el descubrimiento de grandes bosques de árboles de caucho en la región de Madre de Dios (Perú), se hace con lanchas de vapor que recorren los ríos cargadas de goma.
 
El acceso en esa zona es, sin embargo, extremadamente difícil. Además, sacar la mercancía hacia los mercados europeos, ya sea a través de la costa pacífica, ya sea por el Atlántico, vía Manaos, resulta igualmente complicada. Fitzcarrald quiere innovar buscando nuevos atajos para la navegación de sus barcos; concretamente, no se conoce  la forma de pasar desde algún afluente del Urubamba, a algunos del Purús o del Madre de Dios. En 1891 se lanza a la búsqueda de algún varadero. Un varadero es un corto trozo de tierra que permite el paso entre dos ríos que discurren paralelos. Tras una atormentada expedición en la que mueren o fueron matados cientos de indios, Fitzcarrald atraviesa el istmo de apenas once kilómetros que une un afluente del Mishagua a un afluente del Manu, acortando de esta manera considerablemente el tiempo de transporte.
 
Como recompensa a sus méritos, en 1896 obtiene del Ministerio de Guerra peruano la exclusividad de la navegación por el Alto Ucayali, el Urubamba, el Manu y el Madre de Dios. Fitzcarrald reina en esos territorios como amo absoluto, en una época y en una zona donde la presencia del Estado es escasa y la ley se marca a menudo a golpe de rifle. A los 35 años, en 1897, muere ahogado en los rápidos del Alto Urubamba al intentar rescatar a su socio boliviano caído al río.
Personaje controvertido, su comportamiento paternal y violento, fascinó al director de cine Werner Herzog. Su travesía del istmo –que lleva su nombre- inspiró la película Fitzcarraldo, protagonizada por Klaus Kinski y Claudia Cardinale.
Julio César Arana
Arana nace en 1884 en Rioja, un pueblo escondido en la selva amazónica peruana. Se adentra muy pronto en el comercio del caucho, en 1881, vendiendo en un primer momento mercancías a los seringalistas del oriente peruano o en la región del Acre, en  la frontera con Bolivia. Como muchos hombres de la época quiere ser cauchero; sabe que para ellos necesita contar con su propia barraca y su propio capital. Además, la operación no es fácil ya que supone abrirse paso entre los poderosos patrones, por ejemplo Fitzcarrald, que controlan en gran medida las selvas de Perú y Bolivia.
En el año 1888 Arana se casa con Eleonora Zumaeta y ese mismo año funda un "puesto" (barraca) con su cuñado Pablo Zumaeta en el río Yurimaguas. Un año más tarde, remonta por primera vez el río Putumayo, las grandes reservas de caucho sin explotar y sobre todo, la abundancia de mano de obra india, abren sus apetitos por controlar la región.
Sereno, amable, culto, Arana es también un comerciante despiadado que no duda en imponer su autoridad. En 1901 entra en negocios con caucheros colombianos comprando sus propiedades. Estos mismos patronos denuncian ante su propio gobierno los métodos violentos del empresario peruano. Pero de momento, Arana goza de gran prestigio y nadie toma medidas en su contra. Los políticos colombianos no tienen en realidad interés en abrir cargos ya que muchos han tenido o tienen algún vínculo comercial con la Casa.
Además, en Perú, sus éxitos en el comercio de la goma le catapultan en el mundo de la política asumiendo la alcaldía de Iquitos en 1902. A partir de esa época irá alternando otros cargos públicos, además de entretener buenas relaciones con el mundo de los gobernantes peruanos.
En 1903, dueño ya de 45 centros de recolección o con el monopolio casi total de la cuenca del Putumayo, J.C. Arana y Hnos abre de una sucursal en Manaos, así como agencias en Nueva York y Londres. En 1907 la sociedad familiar es sustituida por la Peruvian Amazon Rubber Company tras la entrada de capital inglés.
Su mayor preocupación se centra en las negociaciones con Londres, mientras que los cuñados manejan el negocio en Iquitos y gente de confianza se encarga de la explotación en el Putumayo. Posee una extensa flotilla de barcos a vapor que unen las secciones de La Chorrera y El Encanto con la ciudad de Iquitos.
El año 1913 Arana sufre varios reveses, en apariencia. El caucho pierde valor en el mercado internacional debido a  la entrada de la goma asiática; los grandes barcos dejan de visitar Iquitos y las casas comerciales migran hacia otros lugares. Sus intentos de vender Predio Putumayo fracasan. A la vez, tiene que hacer frente al informe de Roger Casament, cónsul inglés en Río de Janeiro, en el que denuncia las condiciones de esclavitud instauradas por la Casa Arana. Arana declara ante la Casa de los Comunes británica el 8 de abril. Pero la llegada de la I Guerra Mundial absorbe la atención de la opinión pública inglesa y las acusaciones no prosperan. En cualquier caso, Arana recompone su empresa en Perú y a final de los años 20 es investido en dos ocasiones con el cargo de senador de la región de Loreto.
Por otro lado, valiéndose  de testimonios directos de los hechos en la zona, el escritor colombiano José Eustaquio Rivera pone de manifiesto el trato recibido por los indios y los caucheros rasos en su novela La Vorágine.
Gran empresario, aventurero, cauchero, político, explotador sin escrúpulos, tanto por el informe de Casament como por la novela de Rivera, Julio César Arana entra en la Historia.
 
Una idea febril: la construcción del ferrocarril Madeira-Mamoré
Bolivia, en su zona norte, era gran productora de caucho. Uno de los grandes problemas que se planteaba era el transporte de la mercancía por vía fluvial hacia el Océano Atlántico. Sin embargo, el río Mamoré, en Bolivia, y sobre todo el Madeira son recorridos peligrosos debido a las numerosas cascadas que ponen en peligro a los navegantes. Surge entonces la idea de cubrir por tierra el tramo más peligroso: un ferrocarril que discurra paralelo al río Madeira.
El proyecto se fragua a partir de 1867, pero la construcción de la vía sólo comenzará en 1907, y estará a cargo de una empresa estadounidense. Lugar anclado en medio de la selva, en condiciones de trabajo extenuantes, se calcula que la construcción de esta vía se llevó por delante a seis mil trabajadores, lo que le valió el apodo de ‘ferrocarril del diablo’. En abril de 1912 se inaugura el último tramo.
Pero por aquel entonces, ya es demasiado tarde: la región amazónica ha perdido el monopolio del caucho y las exportaciones caen vertiginosamente. La selva hizo el resto, la humedad extrema del lugar, las abundantes precipitaciones se encargaron de destruir tramos enteros o puentes. Parcialmente deshabilitada en 1930, se procede a su cierre total en 1972, cuando se inaugura la carretera Transmazónica. Como en tantos otros proyectos, (la Transamazónica sufrirá una suerte parecida), los planes del hombre son absorbidos por una selva devoradora.
 
Manaos: lo que queda de la época de esplendor
 
Edificios históricos:
-          Teatro Amazonas
o         Inaugurado en 1896, en pleno ‘ciclo del caucho’
o         Restaurado recientemente
o         Resume los mayores excesos de aquella época
-          Mercado Municipal Adolpho Lisboa
o         Conjunto arquitectónico de estilo ‘art nouveau’
o         Réplica del famoso mercado de les Halles en París en su momento
-          Monumento conmemorativo de la apertura de los puertos
o         Conjunto escultórico de mármol, granito y bronce
o         Obra del artista italiano Domenico de Angelis
-          Palacio de Justicia
o         Inaugurado a finales de siglo, de estilo neo-clásico
o         Actualmente, es un centro cultural
-          Palacio Río Negro
o         Construido a finales del XIX
o         Antigua sede de gobierno a principios de siglo XX
o         Desde 1995 es un centro cultural que alberga distintos museos
 
BIBLIOGRAFÍA
 
-          Roberto Pineda Camacho - La Casa Arana en el Putumayo; El Caucho y el Proceso Esclavista – Bogotá - Edición 160 - abril de 2003
-          José Eustaquio Rivera - La Vorágine – Ediciones Cátedra – Madrid - 1990, 2006
-          Antonio Loureiro - A grande crise - Editora Humberto Caldenario / FAC – Manaus – Amazônia
-          Luiz Miranda Corrêa -  A borracha da Amazônia e a II Guerra Mundial - Ed. Governo do Estado do Amazonas – Manaus - 1967
-          Varios autores-  Amazonie, la foire d’empoigne – dirigido por Ricardo Uztarroz y Jean Jacques Sevilla - Editions Autrement – París octubre 1990
-          Nova Enciclopédia Barsa - Encyclopaedia Británica do Brasil – Varios colaboradores - Publicações LTDA. – 1988
 
 

La fiebre del caucho convirtió las ciudades amazónicas en prósperos centros económicos y culturales. Teatro Amazonas, en Manaos
 
 
 
 
 
 
 

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Extracción de látex de un árbol del caucho o Seringueira (en portugués)
 

La Fiebre del caucho justificó la construcción del ferrocarril Madeira-Mamoré
 
Julio César Arana,
Jefe de la Casa Arana
 
 
Indios cargadores uitotos en una colonia de la Casa Arana

Conversación con Empar
M7 nov. 07
 
Despiece
Tipología de los hombres de negocio
No casos particulares
¿Me aclara esto más el texto general?
 
Las condiciones concretas
En el texto general se habla por encima de las condiciones
Así, se ahorran caracteres en el texto genaral: sólo decir lo mal que lo pasaban
 
Zooms de acercamiento o de alejamiento:
1.      alejamiento:
a.       circunstancias de aparación de ese negocio en todo el mundo: en Congo, Asia – no en este caso
 
2.      acercamiento
a.       relaciones internacionales Brasil-UK
 
Despieces
1.      condiciones de los trabajadores condiciones infrahumanas
2.      La construcción del Teatro Amazonas
a.       Cómo fue
b.      Mencionar que se ha restaurado recientemente – sin decir lo que queda que parece un asunto de viaje
3.      epílogo tal y como está escrito
 
Añadir
Apartado de bibliografía
-          Fitzcarraldo - film
-          Ensayo
-          Libro
Texto general – dos opciones
1. Ligar los apartados

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