Luis XVII - Artículos Historia


Publicado en la revista Historia y Vida
Escrito en junio de 2009
 
Luis XVII y el misterio del Temple
Afán revolucionario e intriga policial se mezclan en el destino de Luis XVII. Hijo de Luis XVI y María Antonieta, el pequeño es encarcelado y abandonado a su suerte. En 1795 muere de tuberculosis en la celda. Sin embargo, las dudas surgieron enseguida, ¿era realmente el futuro rey quién murió en la cárcel? En una época de subversión, el destino del delfín encarna la oposición entre las dos fuerzas políticas presentes en Francia: los revolucionarios y los monárquicos. Tras más de dos siglos de investigaciones, sólo recientemente se ha aclarado el misterio de su muerte.
 
 
Nuevos tiempos
En 1789 estalla la Revolución Francesa, el pueblo ha tomado el poder y la monarquía debe desaparecer. En un clima de persecución muchos nobles huyen del país, incluido Luis XVI. Pero  en su intento de fuga, la familia real es arrestada en Varennes la noche del 21 de junio de 1791; devueltos a París, serán encarcelados en el Temple el 12 de agosto de 1792. La torre del Temple perteneció en su época a los templarios y tras una época en desuso el lugar fue rehabilitado para la ocasión.
 
En un primer momento, el monarca depuesto y su hijo conviven juntos en el segundo piso. Sin embargo, el 2 de diciembre de 92, cuando se inicia el juicio contra el soberano, el niño es trasladado a la tercera planta junto a su madre.
Luis XVI, convertido en Luis Capet (del nombre de la dinastía de los Capetos a la que pertenece), será procesado, condenado a muerte y guillotinado el 21 de enero de 93
 
Mediante la magna ejecución, la República ha puesto fin a la Casa de los Borbones y el hijo de Luis Capet se convierte simplemente en el “pequeño Capet”. Los realistas en cambio no lo entienden del mismo modo y reconocen a Luis XVII como su nuevo monarca. En cualquier caso y por diferentes motivos, el niño –en cautiverio- es codiciado por ambos bandos.
 
La educación de un rey  sin corona
Una de las primeras intenciones de las autoridades será transformarle en un ciudadano republicano. Chaumette, procurador de la Comuna y responsable de la cárcel se muestra firme: “quiero impartirle una educación; alejarlo de su familia para que pierda la idea de su rango”. Simon, zapatero de profesión, será el encargado de llevar a cabo la revolucionaria tarea.
 
Así, el 3 de julio de 93, por orden del Comité de Salvación Pública (órgano que dependiente del Consejo ejecutivo), el pequeño Luis es apartado de su madre. Antes de la cruel separación y a modo de recuerdo, María Antonieta recorta una mecha de pelo de su hijo que guardará celosamente en una cajita (detalle importante, como se verá más adelante). Simon, acompañado por su esposa, y su pupilo se instalan en la segunda planta, en los antiguos apartamentos del rey.
 
Los documentos de la época, muestran que el zapatero se ocupaba adecuadamente del antiguo heredero (ropa limpia, baños, visitas médicas…), pero la educación que le imparte se basa en el aprendizaje de lenguaje o canciones soeces.
 
Tal vez influenciado por el ambiente grosero, el delfín firma una declaración acusando a su madre de prácticas incestuosas. Esta declaración se incluirá en el proceso abierto contra María Antonieta que finalmente, acusada de conspiración contra los Revolucionarios, será guillotinada el 16 de octubre de 1793.
 
El pequeño Capet, ya huérfano de padre y madre, permanece encerrado en una torre, lejos de los jardines y del fasto de Versalles, pero en realidad, en condiciones mucho mejores de las que vivirá tras la salida de su tutor y hasta su muerte…
 
El enclaustramiento
Simon ha tenido que escoger. En efecto, en una óptica de recorte presupuestario, un nuevo decreto prohíbe la acumulación de cargos administrativos y asalariados.
 
Ante la disyuntiva, Simon prefiere renunciar al puesto de institutor y optar por la función pública para, según declara, “mantener el lugar de confianza que el pueblo me ha asignado”. Así, Simon presenta su dimisión y el día 19 de enero de 94 abandona el Temple.
 
Siempre con la idea de reducir costes, la Comuna (gobierno revolucionario de París) decide no buscar un nuevo preceptor. En vez de ello, se intensifica la vigilancia que será efectuada por cuatro guardias “que tomarán las medidas necesarias para cumplir con su responsabilidad”.
Una responsabilidad que implica evitar todo riesgo de fuga, visto que Luis XVII es reclamado por las fuerzas monárquicas. Se opta entonces por encerrar al niño y evitar todo contacto con el exterior.
 
De ahí, nace la leyenda del enclaustramiento inhumano del huérfano: las ventanas son tapiadas, un tabique impide el paso al resto de la planta, el preso recibe la comida a través de un agujero. Nadie entra en la habitación y durante seis meses, el niño, de nueve años de edad, vive en medio de la inmundicia y los excrementos. En sus turnos, los celadores se limitan a un reconocimiento somero; a la pregunta, “Capet, ¿estás ahí?”, les basta con oír la voz del niño para consignar en el informe obligatorio tras cada ronda, que todo procede con normalidad.
 
Mientras, fuera del Temple, la vida política sigue revuelta. En septiembre de 93 Robespierre ha instaurado El Terror, una dictadura implacable que terminará en julio del año siguiente con el arresto, juicio y ejecución del cabecilla y sus seguidores. Paul Barras, nombrado Comandante en jefe de las Fuerzas del Interior, asume el poder.
 
 
El niño enferma…
Una de sus primeras acciones del flamante comandante será visitar al preso real. Barras acude al Temple el 28 de julio y, según relatará bajo la Restauración en 1814, halla una habitación “con basura acumulada en varios sitios”;  el niño, recostado en una pequeña cama, presenta unas rodillas “muy hinchadas, así como los tobillos y las manos”. Alarmado por el estado de salud, ordena al Comité el envío urgente de un médico para “dispensarle todos los cuidados necesarios”.
A la vez, el servicio de custodia del prisionero se modifica. Barras nombra al general Laurent nuevo responsable; éste contará con un ayudante y cada día un guardia diferente pasa el día con los dos guardianes permanentes.
 
Durante este periodo, las condiciones del reo mejoran, se procede a la limpieza del cuarto y aunque ya no  vive en un aislamiento absoluto, las visitas al exterior siguen prohibidas. Porque una vez más, el destino del niño resulta problemático. Ante la presión de las potencias monárquicas que reclaman su entrega –España en primer lugar- resulta urgente hallar una solución.
Una comisión especial encargada de estudiar la cuestión presenta sus conclusiones el 22 de enero de 1795. El diputado Lequino señala algunos de los riesgos en juego:
 “Un enemigo es menos peligroso estando en nuestro poder que entregándolo a quien sostienen su causa o su partido... La expulsión de los tiranos ha servido casi siempre a preparar su vuelta al poder”.
A falta de indicaciones más concretas, se opta en realidad por el status quo. Quizás por ello y también por la delicada responsabilidad que supone, Laurent dimite y las autoridades nombran a Lasne, comandante de la fuerza armada de la Sección de los Derechos Humanos, nuevo responsable del Temple.
 
Y en el Temple, pase a las mejorías introducidas gracias a Barras, el estado de salud del niño se deteriora. El 6 de mayo uno de los guardianes señala que el niño presenta una serie de “malestares que parecen tomar carácter de gravedad”. Tras el aviso, el Comité de Seguridad General actúa inmediatamente ordenando un reconocimiento médico a manos del doctor Desault. En una declaración a un conocido el facultativo describe sus impresiones al acceder al cuarto del enfermo: “me encuentro con un niño idiota, agonizante, víctima de la miseria más absoluta, del abandono más completo…”
Sin embargo, no le detecta enfermedad grave y siguiendo el protocolo de la época, receta un cambio de dieta, con aporte de alimentos reconstituyentes, ejercicio, una habitación ventilada y paseos diarios. Todas las indicaciones serán ejecutas… salvo el paseo diario por cuestiones de seguridad.
 
Desafortunadamente, Desault muere de manera inesperada a los pocos días (algunos hablarán de envenenamiento). El doctor Pelletan asume el cuidado del enfermo, cuyo estado empeora súbitamente.
 
…y muere
Antes de que el médico –reclamado con urgencia- pueda acudir, el pequeño Luis muere el día 8 de junio frente a sus vigilantes de turno, Lasne y Gomin. Desde el Comité, que ha sido informado de inmediato, llega la orden de mantener el secreto del fallecimiento hasta nuevo aviso. Al día siguiente, Pelletan y tres médicos más acuden al Temple, con la mayor discreción, para practicar la autopsia.
 
Pelletan será el encargado de abrir el cuerpo y  llevar a cabo el examen de las vísceras y, tal y como relatará más adelante, aprovechando un momento de distracción de los demás, “me atreví a sustraer el corazón… y esconderlo en mi bolsillo”. Instantes después, el oficial municipal Damont, igualmente presente en la operación, se acerca “y me pide en voz baja que le dé una mecha del pelo, lo que efectivamente hice”.
 
Terminada la autopsia, los facultativos redactan un detallado informe, concluyendo que el niño ha muerto por causa de “escrófulas existentes con anterioridad debido a las cuales debemos atribuir la muerte del niño”. En otras palabras, el niño ha muerto de tuberculosis ósea.
 
A continuación, en otra acta, los médicos y guardias presentes certifican la autenticidad de la identidad del niño; para nadie hay dudas: quien ha fallecido es efectivamente el hijo de Luis Capet.
 
El 9 de junio, la Convención anuncia oficialmente el fallecimiento y al día siguiente, se procede al entierro –discreto- en una fosa común del cementerio de Sainte Marguerite.
Parece que la historia termina aquí, pero en realidad, no ha hecho más que empezar.
 
Apenas muerto, el pobre príncipe aparece en las cuatro esquinas del país. Y a lo largo del siglo XIX surgirán muchos más, llegando hasta cuarenta. Aunque en todos los casos se demostró que se trataba de impostores, la duda se había sembrado.
A lo largo de dos siglos, y en diferentes momentos, ochocientas obras, otros tantos artículos y numerosas investigaciones han intentado dilucidar la cuestión. El tema que se plantea es determinar si fue realmente el hijo de Luis XVI quien murió en el Temple el 8 de junio de 1795.
Algunos sostienen que el niño murió antes de la fecha oficial –y reemplazado por otro- o que logró escapar gracias a la ayuda de los monárquicos o… ¡revolucionarios!. ¿Pudo realmente ocurrir algo semejante? ¿Cuáles serían entonces las motivaciones?
 
 
Las dudas
La hipótesis de la fuga del preso resulta atractiva porque tanto los realistas como los republicanos tendrían buenas razones para secuestrarlo. Los primeros con la idea de reponerle en el trono, los segundos con la intención de retener al rehén más valioso de la época y usarlo como moneda de cambio llegado el momento.
 
A mitad del siglo XX, el historiador André Castelot lleva a cabo una minuciosa investigación y consigue hacerse por un lado con el mechón de pelo que María Antonieta recogió de su hijo antes de su separación en el Temple y por otro, la mecha de pelo guardada por el oficial Dumont en el momento de la autopsia. Tras una minuciosa comprobación histórica de la autenticidad de ambas piezas, un laboratorio especializado somete las dos pruebas a un análisis microscópico; la conclusión es tajante: los dos mechones pertenecen a individuos distintos. Por lo tanto, quien murió en el Templo (y a quien se le practicó la autopsia) no es el mismo individuo que fue encarcelado en agosto de 1792.
Aunque las condiciones de estrecha vigilancia dificultaban la tarea, Castelot sostiene que el niño murió en algún momento de su cautiverio y fue reemplazado por otro que expiró a su vez el 8 de junio…
 
Aunque llevada a cabo con rigor, la teoría de Castelot es difícil de mantener: en el Temple, durante los tres años de confinación, todos los pasos y acciones realizados por los responsables estaban cuidadosamente documentados (cada turno de guardia tenía que redactar un acta dando cuenta de la situación o de cualquier anomalía; todas las órdenes eran transmitas oficialmente y por escrito…). Sin embargo, ninguno de los numerosos documentos recoge la más leve duda sobre la identidad del niño ni señala nada sustancioso que pueda apoyar esta hipótesis.
 
 
Además, cualquier raptor exige, tarde o temprano, un rescate por su presa. Y nadie, ni entonces ni más adelante, hizo este tipo de reivindicaciones. Es por lo tanto más fácil pensar que tal cosa no ocurrió y que quien fue encarcelado y murió en la cárcel fueron una sola y única persona: el hijo de Luis XVI.
 
Tal es la tesis del historiador M. Garçon. Basándose en gran medida en la documentación usada por Castelot, constata que efectivamente ningún implicado manifestó sospechas acerca de la identidad del preso. Si entonces el niño no ha salido del Templo, el caso no presenta problemas y hay que dar razón a la versión oficial: el hijo de Luis Capet fue encarcelado en agosto de 92 y murió en el Temple tres años después.
 
Aún así, algunos emiten sospechas, sobre todo los descendientes de Naundorff, uno de los tantos que reclamaron ser el verdadero Luis XVII (ver recuadro). Habrá pues que proseguir las pesquisas y si los escritos no ayudan a esclarecer el asunto, ¿de qué otras pruebas disponemos para lograr resolver el misterio? Descartados los mechones de pelo, tal vez el análisis del corazón nos conduzca a la verdad.
 
 
La loca historia del corazón
Las tribulaciones del corazón del pequeño Luis darían para escribir un libro… y esto es justamente lo que ha hecho el historiador Philippe Delorme hace unos años. La primera cuestión es saber cual fue el destino del corazón que el médico Pelletan introdujo secretamente en su bolsillo en el momento de la autopsia el día 9 de junio de 1795.
 
El propio Pelletan cuenta en una memoria, que tras el hurto colocó el corazón en un “frasco de cristal rellenado con alcohol… que situé en la parte trasera de la repisa más alta de mi biblioteca”. El alcohol fue reemplazado periódicamente y al cabo de “ocho, diez años obtuve un corazón totalmente disecado, susceptible de ser conservado sin mayores precauciones. Lo guardé en el cajón de mi escritorio”.
 
Años después, la víscera volverá a un tarro de cristal para seguir su recorrido…  En 1815 Pelletan presenta la reliquia a Luis XVIII, nuevo monarca, quien finalmente la recusará. El frasco pasará a Pelletan hijo tras la muerte del padre. Más adelante, en 1830, el corazón será perdido y, a los pocos días, reencontrado. Pelletan hijo lo legará a descendientes de su mujer hasta recalar en manos de Edouard Dumont.
 
Dumont, aunque republicano convencido, decide entregarlo en 1895 a Don Carlos, heredero reconocido de los Borbones, residente en Austria. Éste le agradece el gesto que ha permitido “reunir los valiosos restos del desdichado Luis XVII, pese a los numerosos acontecimientos que se empeñaron en alejarlos de nosotros”. Al fallecer D. Carlos, la famosa urna de cristal pasa a sus descendientes y de Austria se trasladará a una rama de la familia en Italia hacia 1940.
Finalmente, María de las Nieves de Máximo devuelve la reliquia a Francia en 1975. En una ceremonia discreta, el corazón es depositado en la cripta de la Basílica de St. Denis, en París, lugar donde yacen gran parte de los reyes de Francia.
 
Para poner punto final a la polémica, el historiador Delorme propone una comparación de ADN del corazón y de muestras de tejidos de algún descendiente de María Antonieta. El test es llevado a cabo en el año 2000 por dos laboratorios independientes, uno en Bélgica y otro en Alemania. La conclusión es clara: el corazón de la urna corresponde a un descendiente directo de María Antonieta, que teniendo en cuenta toda la historia anterior, no puede ser más que su hijo, Luis.
 
Por lo tanto, quien fue encarcelado y murió el 8 de junio de 1795, fue Luis XVII.
La prueba parece concluyente y nadie en los últimos años se ha atrevido a cuestionarla, pero quien sabe, ¿habrá más capítulos en este relato rocambolesco o gracias a la prueba de ADN el misterio del Temple queda sellado? Sólo el tiempo podrá decirlo. Mientras, los restos del niño muerto a los diez años en la cárcel, reposan junto a las tumbas de sus padres Luis XVI y María Antonieta.
 
Luis XVII y el misterio del Temple – parte II
 
 
Naundorff, el falso sucesor al trono
De entre los numerosos falsarios que surgieron tras la muerte del prisionero del Temple, el caso más sonoro fue el de Karl Whilem Naundorff, un relojero prusiano que se presentó en París en 1833. En el círculo monárquico en el que se introduce, relata la rocambolesca historia de su huida del Temple, a manos de desconocidos.
 
Lo curioso del caso es que distintos miembros de la familia real o cercanos a ella, se muestran convencidos, visto que Naundorff recuerda detalles nimios, que sólo alguien que los ha vivido puede recordar.
 
La hermana del pequeño Luis XVII, que ha sobrevivido a la tragedia del Temple y se ha convertido en duquesa de Angoulême, manifiesta en cambio desde el principio su escepticismo
Cansada del acoso a la que le somete el que ella considera un impostor más, la duquesa exige y obtiene la expulsión de Naundorff del país. El pretendiente se marcha a Inglaterra con su familia. Allí, funda una secta de la cual se declara “Príncipe Protector”, será encarcelado por impagos y expulsado a su vez a Holanda donde finalmente fallece en 1845. El acta de defunción holandesa señala que se trata de “Charles-Louis de Borbón, duque de Normandía, Luis XVII…  hijo del difunto Luis XVI… y de María Antonieta…”
 
Tal mención a su alto linaje permitirá a los descendientes de Naundorff reclamar ante la justicia su parte de privilegios. El juicio, que se instruye en Francia en 1954, hace un extenso repaso de todo el caso desde sus inicios, llegando a la conclusión de que quien murió en el Temple el 8 de junio de 1795 fue efectivamente Luis XVII, no hubo evasión alguna y por lo tanto, Naundorff o sus herederos no tienen derecho a reclamar el título nobiliario.
Tanto jurídica como históricamente, la polémica estaba cerrada. Para los que aún tenían dudas, la prueba de ADN realizada a inicios de este siglo sella definitivamente la polémica.
 
 
La leyenda del niño enclaustrado
El hijo de Luis XVI ha sido encarcelado junto a su familia en el Temple. Si en un primer momento se aloja en los apartamentos del padre, pasará al cuidado de su madre tras la muerte del rey. Finalmente, en julio de 1793, las autoridades revolucionarias separan al niño de la madre y nombran a un instructor especial, encargado de inculcarle los nuevos valores y hacerle olvidar sus antiguos privilegios. A los pocos meses, el preceptor dimite. Sin saber qué destino reservarle y queriendo evitar todo riesgo de fuga, el gobierno decide aislarle en una habitación oscura, fría y sucia, sin siquiera derecho a la visita de sus celadores. Nace la leyenda del emparedamiento del niño; una versión reiteradamente usada por los monárquicos para denunciar la crueldad de los revolucionarios.
 
Sin embargo, para el historiador M. Garçon el enclaustramiento no fue tal. Estudiando los planos  de la torre en la que se encontraba el heredero y contrastando los testimonios interrogados en 1815 (guardias, cocineros, lavanderas, obreros, etc.) llega a la conclusión de que el niño, recibía visitas (para alimentar la estufa, encender la lámpara que había en la habitación, recoger la ropa). No eran ciertamente las condiciones de alojamiento ideales, pero, según Garçon, tampoco se trataba de condiciones inhumanas, como denunciaron algunos.
 
Bibliografía:
 
 
  • G. Lenôtre, El enigma del Temple, Ed. Maxtor, Valladolid, 1947, 2008
  • M. Garçon, Louis XVII ou la fausse énigme, Ed. Hachette, Paris, 1952
  • André Castelot, Louis XVII, Ed. Librairie Académique Perrin, Paris, 1968
  • Philippe Delorme, Louis XVII, la vérite, Ed. Pygmalion, Paris, 2000

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