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de viaje
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Biografía
Amor (entre paréntesis) (Francesca G.Prince)

Los Personajes

Ron es un hombre de mediana edad. Ocupa un puesto importante en una empresa. Estuvo casado, no tuvo hijos. Por lo que se intuye  llevó su periodo de soltería con resignación y bastante tristeza. El encuentro con Birma le rejuvenece, despierta su libido y su morbo.
 
Lea, con bastante probabilidad es una mujer guapa, pero se ha apagado. Lleva una vida pequeña, se ha creado una rutina en casa; no ha alimentado la llama de la vida. Apenas comunica con su marido, no por nada especial, sino porque han ido perdiendo la costumbre. Al filo de la historia se comprenderá que probablemente el hecho de no haber conseguido tener hijos ha marcado su carácter de manera negativa (para ella, sobre todo).
 
Alan es  buena gente. Trabaja y… trabaja. Máxime cuando llega a casa y se encuentra con una mujer que quiere hacer obras en el baño porque no tiene nada mejor con lo que ocuparse. Ron es su mejor amigo y las charlas entre ambos les procura alivio. Alan no se atrevería a dar el primer paso, a romper una relación con su esposa que no funciona. Quizás sea porque no es tanto el desamor lo que le distancia de Lea, sino el aburrimiento del que no logra sacudirse. En su caso también, el encuentro con Birma le despeinará por completo las ideas.
 
Birma es el agente catalizador. Una mujer que uno imagina que pueda rondar ya los cuarenta años. Está segura de sí misma  y no tiene problemas en afirmar sin ambages que ella “prostituta de aeropuerto”. Disciplinada, cumple con un horario de ocho horas, porque más tiempo “resultar agotador”. Tiene una actitud algo provocadora, pero no exhibicionista. El mostrarse tan abiertamente obliga a los demás a definirse; de alguna manera les lanza un reto, como queriendo decir “si no te avergüenzas, acéptame tal cual”.
 
La prostitución
La prostitución es algo chocante. Y la prostitución voluntaria, ¿qué color tiene?
 
En el caso de Birma, se trata de una profesión que ella ha escogido, lo ejerce como una profesional, en un entorno seguro (el aeropuerto) en el que no se ve sometida a ninguna presión (no hay chulos). Birma es consciente de que se trata de una ocupación inusual; de hecho, prepara su etapa siguiente ahorrando para comprar propiedades y vivir de las rentas más adelante. Es decir, ella quiere mantener el pleno control de su vida. No en balde ha hecho estudios y, como ella misma dice, todo empezó porque tenía que hacer un trabajo para la universidad sobre las formas de prostitución y decidió ella misma probar. ¿Quién se atrevería a hacerlo?
 
Si Birma tiene las ideas claras, ¿se puede decir lo mismo de los clientes? ¿Quiénes son las personas que –al igual que Ron– acuden a ese tipo de prestaciones? Birma en ningún momento quiere sentirse víctima, pero eso no impide que los demás (los clientes) la puedan percibir como un objeto, “algo”, más que “alguien”, a quien pagas para recibir placer. Quizás el entorno aséptico del aeropuerto “produce” otro tipo de clientes, diferentes de los que recurren a las meretrices en las esquinas de la ciudad. El establecimiento aeroportuario es un lugar luminoso (en general y, en todo caso, en el que trabaja Birma sí lo es), los viajeros (salvo excepción) van bien vestidos.
 
Seguro que hay mucha soledad en un buen número de pasajeros en tránsito, personas que dejan a amantes, socios, cónyuges, hijos, amigos y se embarcan, a veces sin rumbo definido… En los largos pasillos de estas naves el tiempo está encapsulado. Solo nos fijamos en los relojes para saber cuándo partirá el vuelo que nos llevará a otro sitio, con otra gente, con otros relojes. Entonces, ese gesto vil –recurrir a una mesalina, una buscona, una fulana, en definitiva, pagar por una relación en vez de relacionarse de persona a persona– adquiere un color especial.
 
No se trata aquí de justificar una práctica. Simplemente, a través de los ojos de Birma, explorar esa posibilidad.